Los gobiernos de casi todos los países piden ahora a los ciudadanos que se “queden en casa”. Los niveles de urgencia e intentos por persuadir a la población varían de lugar a lugar. En sitios donde las instituciones guardan credibilidad, la población responde. En lugares donde la cultura social está ligada a la rebeldía y el desafío al orden establecido, el resultado es muy distinto. En unos países se apuraron preparativos sanitarios con meses de antelación y en otros se desestimó el riesgo con escepticismo y apatía.

En Italia los alcaldes desesperados insultan por TV a la gente que no obedece. En el resto de Europa se aplican multas agresivas. En la India la policía los golpea con varas en la calle. En nuestro país el gobierno asume una actitud contradictoria: apela al pueblo en forma melosa y amenazante; y al mismo tiempo pone mal ejemplo en sus propios actos oficiales: ajustando las políticas a la medida de la imagen presidencial.

La mayoría de los gobiernos intentó persuadir a través de la razón. Tratando de explicar un solo gráfico: curva exponencial y curva aplanada. La pregunta “¿aplanamos la curva?”, se volvió el objetivo y aspiración social.

Detrás del gráfico hay un argumento que apela al sentido común: cuando la velocidad de contagio es acelerada, la curva crece en forma exponencial, cuando la velocidad de contagio es menor, la curva, aun con el mismo número total de casos, es más aplanada.

La razón es simple. Si cada ciudadano contagia, digamos a tres cada día. El primer día tenemos un caso, el segundo, cuatro; el tercero, 14; el cuarto 56, etcétera. Cada lugar tiene capacidad limitada de espacio hospitalario para casos emergentes. Y aunque éstos representen un porcentaje menor de los casos detectados, llega un momento en que todas las camas hospitalarias están llenas y cuando eso sucede hay gente que se queda sin atención (tengan coronavirus o cualquier otro padecimiento). Es en ese punto donde se dan tragedias como la italiana, la española o la de Nueva York: mucha gente empieza a morir.

El consenso mundial ha sido “aplanar la curva”, tratar mediante el aislamiento, la distancia social y las medidas de higiene que el número de contagios diarios sea menor y por lo tanto los centros de salud puedan solventarlos sin ver rebasada su capacidad.

De ahí la campaña de “quédate en casa”, que no tiene nada que ver con el miedo que tengas al virus, ni la probabilidad matemática de que te dé en forma grave o amenace tu vida. Quien no hace caso al llamamiento pone en riesgo a los demás más de lo que se pone en riesgo a sí misma.

Por supuesto eso tiene un costo económico. La economía del país debe, prácticamente, congelarse. “Parar el tiempo” decían los expertos chinos. La gente deja de consumir y recibir ingresos. Las empresas cierran provisional o definitivamente. Los gobiernos deben reaccionar aplicando paquetes de estímulos reales para que la estructura económica de los países no colapse.

Al final de la pandemia, cuando los epidemiólogos hagan las cuentas finales, sabremos si la estrategia de “aplanar la curva” funcionó. O si otras, como la del gobierno Sueco, que prefirió dejar abierta su economía y flujo de personas, pidiéndoles tomen precauciones apostando a que en determinado momento alcanzarán lo que se conoce como inmunidad de manada.

Ese tema da para una discusión aparte. Baste decir que fue contemplado por los ingleses por unos días, hasta que vieron las cuentas y entendieron que “esperar” implicaría 200,000 muertos sólo en el Reino Unido. Un costo humano (por no decir económico, político y moral) impagable.

En esos números finales, cada país tendrá que hacer una autoevaluación de cómo enfrentó la crisis. Se verá si efectivamente son Corea del Sur y Taiwan los que tuvieron un modelo más efectivo (y por qué), y se averiguará por qué se dieron las catástrofes sanitarias en otros sitios.

@rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).