El elemento fundamental subyacente en este tipo de jaloneos presupuestales, es siempre la inexorable escasez de los recursos.

La cabeza principal de primera plana de El Economista del pasado lunes rezó textualmente: “Gobierno plantea reducir recursos para combatir cambio climático”. El tema merece análisis, en razón de que revela el peso de las restricciones presupuestales, las prioridades programáticas del actual gobierno de la autodenominada 4ª Transformación y las influencias políticas que hacen sentir su fuerza en el actual régimen.

Los números revelan que no únicamente para el próximo año de 2022 la partida presupuestal para la Mitigación y Adaptación al Cambio Climático de reducirá en casi 9%, sino que el 72% de los recursos correspondientes será asignado a la Comisión Federal de Electricidad. La decisión suena a poner en mayor medida “la Iglesia en manos de Lutero”, toda vez que el programa de desarrollo eléctrico de la actual administración ha proclamado abiertamente hacerlo depender de la generación de fluido con apoyo en combustibles fósiles pesados: combustóleo y carbón.  El programa y su líder, el director general de la CFE, Manuel Bartlett, son también enemigos abiertos de la electricidad generada por fuentes limpias, como la energía eólica o la geotermia.

Otro aspecto a destacar en este episodio, es el acomodo de la retórica oficial para que la opinión pública no caiga en la cuenta de lo que realmente se está maquinando. En este respecto, la Secretaría de Hacienda declaró de manera muy conveniente políticamente que en esa forma “el gobierno asume su responsabilidad en la resolución de problemas que afectan al planeta”. Tal vez no por casualidad, la anterior declaración entra en contradicción sutil con lo manifestado por el canciller, Marcelo Ebrard, en el 76 periodo ordinario de sesiones de la ONU en el sentido de refrendar el compromiso de México de abordar los problemas del cambio climático.

El elemento fundamental subyacente en este tipo de jaloneos presupuestales, es, siempre, la inexorable escasez de los recursos. Pero dada esa restricción inescapable, se aparece la cuestión del poder político para jalar la cobija más fuerte que otras instancias de la administración pública. Con un celo digno de mejor causa que hacer depender el futuro del desarrollo del sector eléctrico nacional de la quema de combustibles fósiles muy contaminantes, está la fuerza de quienes impulsan ese proyecto, abiertamente contrario con el respeto al cuidado de la ecología y del medio ambiente. Como lo predica sabiamente la Biblia: por sus actos los conoceréis.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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