Para Putin, la inversión en el Mundial ha sido redituable. Más allá de la buena organización y de los espectaculares partidos, los beneficios políticos han sido cuantiosos. Hasta los resultados deportivos de su Selección le han sido favorables. El equipo ruso llegó a cuartos de final de forma inesperada.

Por otra parte, el desempeño favorable del equipo francés obliga al jefe de Estado más visible de la Unión Europea a hacer el viaje a Rusia. De la misma manera, el pase de Inglaterra a semifinales pone en una posición incómoda a la primera ministra del Reino Unido que se niega ir a Moscú para apoyar al equipo nacional en plena crisis diplomática entre los dos países por el intento de asesinato de un exespía ruso y de su hija.

Gracias al futbol, mientras la sociedad internacional tiene los ojos puestos en el evento deportivo, no se ha percatado de una operación rusa de gran envergadura en Siria con el fin de apoyar al dictador Bashar el Assad.

Este individuo ha matado, a la fecha, a medio millón de sus ciudadanos con tal de mantenerse en el poder. Lo ha logrado a lo largo de siete años y del estallido de una rebelión popular que se extendió en su momento a todo el país.

El régimen ha asesinado a muchos más sirios que los que ha matado el Estado Islámico, cuyos seguidores han sido idiotas útiles, tanto para Bashar el Assad como para Rusia, que ha podido disfrazar su masiva intervención armada en apoyo al tirano como una “operación antiterrorista”.

Putin no ha dudado en bombardear a poblaciones e infraestructuras civiles, ni tampoco en bloquear resoluciones de la ONU que intentaban condenar el uso de armas químicas por parte de El Assad en contra de su propia población. Ahora, aprovechando la fiesta del Mundial, el sirio apoya la conquista de una de las dos últimas zonas aún controladas por los rebeldes, Deraa y su región, en el sur del país, colindante con Israel y Jordania, ante la indiferencia internacional.

Trump no dice nada, e incluso, países de la región que podrían oponerse al régimen de El Assad, como son: Arabia Saudita, Israel, Jordania o Turquía, prefieren callar. La intervención rusa permite evitar a corto plazo problemas como un mayor flujo de refugiados o una mayor intervención iraní en lo que queda de Siria. También es cierto que no se puede saber qué hubiera pasado si los rebeldes tuvieran el control del país.

Más indiscutible aún, el Estado Islámico es una organización de terror que debe ser eliminada, incluso si es mucho menos sangrienta que El Assad. Éste se ha vuelto un atroz fantasma que se aferra al poder con el apoyo de los rusos y los iraníes, con tal de escapar al destino que tuvieron Sadam Hussein en Iraq o Muamar el Gadafi en Libia, ejecutados de forma ignominiosa por los rebeldes que lograron conquistar el poder en estos dos países, gracias esta vez al decisivo apoyo occidental.

Esperemos que Putin sea tan hábil como lo ha sido hasta ahora con el manejo del Mundial y de su política exterior en general. Eso significaría reconocer que Assad no puede tener legitimidad en su país y que debe tomar en cuenta a todos los actores regionales, no solamente al régimen iraní sino también a los turcos, iraquíes e israelíes que comparten fronteras con Siria.