El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentir

José Ortega y Gasset

En mi larga vida he conocido a muchos mentirosos, desde el o la típica defraudadora profesional que nos miente con el encanto siniestro del Dr. Hannibal Lecter o la madrastra de Blanca Nieves, hasta el vulgar mentiroso que no sabe urdir buenas historias, que se hace bolas con la segunda mentira que tiene que hilar y al que cachas en un dos por tres en toda su mediocre y falsa verborrea. ¡Ah los mentirosos!, tan interesantes y al mismo tiempo tan despreciables. Y digo interesantes porque el mecanismo cerebral que hace que vomites la mentira es de lo más complejo. Esto es, el sabe que está diciendo algo que es pura fabulación pero actúa, gesticula y verbaliza con gran seguridad para que no se note que todo lo que dice es simple y sencillamente falso. Hecho asombroso y vaya que se necesitan neuronas para hacerlo.

En mi juventud tuve novios mentirosos —varios por desgracia— compañeros de trabajo notablemente capaces para el choro mareador, he visto también mujeres mentir con aplomo indiscutible y he entrevistado como periodista a decenas de mitómanos. Pero sin duda el más mentiroso de los mentirosos es probablemente el político, con muy honrosas excepciones desde luego.

Traidor, embustero, desleal, sin escrúpulos, solapado y falso en tratar los negocios públicos, maligno y nefasto para sus conciudadanos…desde luego ya saben de quien hablo, de Alcibíades. Así fue descrito por autores de la época este general y político ateniense, a quien no querían mucho que digamos los conservadores de aquellos tiempos (400 años a.c.) ya que era entre otras gracias bien mentirosillo. Y así le fue.

Este estratega se distinguió desde muy joven por su política demagógica, (así se le decía entonces al populismo) y por ser un mitómano profesional. El personaje en cuestión, (por cierto amante de Sócrates) es un magnífico ejemplo de dos características que muy a menudo aparecen juntas: la desmedida ambición política y la sociopatía. Y es desde entonces que los estudiosos del alma humana se dieron cuenta de lo espeluznante que podía ser cuando un antitisocial llegaba al poder. Para un sociópata la verdad, dicen los expertos, no tiene que ver con lo útil. Si algo puede ayudar a su causa y se puede emplear como parte del encantamiento de las masas, pues resulta mucho más conveniente que el apegarse a la realidad o a los datos duros. ¿Cómo para que?

Pero veamos al mundo desde su lógica, para el narcisista maligno es más fácil ocultar e inventar que investigar y demostrar. El método científico no existe para ellos, porque eso de medir y ponderar variables y actuar en consecuencia de los resultados es muy cansado e inútil. Estos personajes autoritarios saben que les reditúa más una buena fantasía lo más alejada de la verdad que se pueda. Su lema: ¡basta de realidades, queremos mentiras! y al menos a corto plazo, esta estrategia les da resultado. Ahí van los tramposos, administrando e inventando datos con la complacencia de buena parte del bonito público que los acompaña. Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que una persona de bajo cociente intelectual o apenas promedio tiene menos posibilidades de presentar una crisis existencial que una persona inteligente, por ello mismo el mentiroso como Alcibíades, es muy afecto a las respuestas simples a problemas complejos  y a la transformación mágica de cifras que no le convienen por otras más ad hoc para su proyecto. Este ser rutilante gira una y otra vez contra la tontería y la avidez del “respetable” por obtener de su ídolo respuestas fáciles y que no cuesten mucho trabajo digerir. Total, que importa que no sean ciertas.

El político con rasgos sociopáticos busca por encima de todo la adhesión, mejor aún la afiliación y para su consagración, nada más orgásmico que lograr  el voto. Es el mundo al revés: para ellos dividir es sumar y lo único que les resta aplausos es la maldita realidad que termina tarde o temprano por alcanzarlos.

En un alarde de creatividad, el mitómano es capaz de crea un lenguaje paralelo y propio que le permite convencer y manipular para lograr la aceptación de sus subordinados, que para son para el absolutamente todos. Lo más triste es que se acepta que el embustero dice siempre la verdad, ya que ese ser superior no puede mentir y todo lo que dice el poderoso pues !tiene que ser cierto!.

En fin probablemente todo lo que acabo de decir es un bucle rizado, tan solo una mentira, una mentira más sobre la mentira en que vivimos. Pero como diría el destacado compositor y filósofo mexicano Don Armando Dominguez:

Y que más da, la vida es solo una mentira, miénteme más que me hace tu maldad feliz. Acuérdense.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.