Decir que México no es Venezuela, se ha vuelto una especie de mantra cada vez más recurrente. Porque nos invita a creer que todo estará bien, y que jamás llegaremos al desolador estado en que se encuentra uno de los países más ricos del mundo. Sin embargo, creo que más allá de repetir el mantra, la cuestión aquí sería preguntarnos :¿Qué vamos a hacer para no ser Venezuela?

La historia mundial ha demostrado que la soberbia es traicionera, y si hoy vemos a los venezolanos en apuros, solamente es necesario regresarnos un poco más de veinte años en el tiempo, para recordar como decían tranquila y orgullosamente, “Venezuela no es Cuba.”

De ahí mi preocupación, por el creciente amor del presidente por las consultas populares, que no son otra cosa más que el fin y el medio, para “realizarse” y convertirse en “la voz del pueblo”, sin que existan intermediarios.

Porque más allá de transferirle la responsabilidad al “pueblo”, de algo para lo que fue electo, y pasarse por el arco del triunfo a nuestra Carta Magna, que no es otra más que la garante de la ley que nos hace a todos iguales, esta simulación de democracia participativa, es en realidad el inicio de una protagónica.

Tal y como lo hizo Chávez en Venezuela a partir de 1999, en donde su “hiperdemocratización” de la vida política, sometería a Venezuela en la crisis política que hoy arrastra. Iniciando en ese mismo año, con la consulta popular sobre la creación de una nueva constitución, diseñada “a modo”, que le permitiría consolidar su poder.

Extendiendo su mandato, permitiéndole buscar la reelección, cerrar el Congreso, cambiar el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela, e incluyendo en el artículo 72, la revocación de mandato de “todos los cargos y magistraturas de elección popular.”

¿Nos suena familiar?

Desde entonces, las pasiones políticas han gobernado, y las soluciones responsables han estado ausentes. Dando paso a un experimento político, de concepción mesiánica, en donde la consultas se vuelven en una especie de salvación, en donde el presidente gobierna directamente con las masas, evitando todas las demás instituciones.

Se fueron al diablo.

Mientras que las opciones políticas moderadas, han quedado obsoletas, y la democracia se ha vuelto una práctica religiosamente redentora. Como si se tratara de un estado de consciencia, permanentemente alterado.

Es casi una experiencia religiosa que, sin embargo se acepta, porque la confianza en las instituciones y la democracia, ha sido extraviada.

Lo que trae al tema, el último informe de Latinobarómetro. En el que se muestra que tan sólo el 38% de los mexicanos, apoya a la democracia, y se cree que la región latinoamericana, ha llegado al fin de la tercera ola democrática.

Por este motivo, es importante recordar que lo que la ley estipula, no debe ser sustituido por el resultado de consultas populares, y que la esencia de la democracia, no está ligado al de la redención.

Teniendo también presente que la “hiperdemocracia”, no es sinónimo de más democracia. Sino que es el síntoma, de una enfermedad, que se alimenta de los excesos, y que conlleva a la autocracia.

Si los expresidentes en México deben ser juzgados por actos de corrupción, la justicia debe llegar por medio de la ley, y no mediante un acto de redención.

México no es venezuela.

¿Qué vamos a hacer para no ser Venezuela?

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Stephanie Henaro

Profesora de Geopolítica

El último en salir apague la luz

Analista y comentarista mexicana. Estudió la licenciatura en relaciones internacionales en el Tecnológico de Monterrey CCM y en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences-Po). Cuenta con una especialidad en política exterior rusa por el MGIMO de Moscú y una maestría en Geopolítica, Territorio y Seguridad en la Universidad de King’s College London en Inglaterra.