Una de las prácticas alimentarias que se encuentra al alza en encuestas mundiales, es la comida en solitario. Ya sea en casa, en restaurantes, o en pedidos para llevar, la pandemia y el confinamiento pusieron en evidencia que las comidas para uno son hoy una de las tendencias de consumo.

Este es un fenómeno que socialmente en una gran mayoría de culturas, está asociado a una práctica alimentaria “anti social”: se idealiza a las comidas en grupo como el epítome de la convivialidad, y se condena a quienes comen solos como “inadaptados”, “seres solitarios”, o no “aptos para compartir” las comidas o hasta sus vidas. Sin embargo, esto obedece más a prejuicios sociales que a una “desadaptación”. El alargamiento de la esperanza de vida y sus diferencias en función del sexo, hace por ejemplo que hoy haya personas viudas que hacen rutinas. Lo mismo pasa con parejas divorciadas, o con personas solteras que han decidido no ver el matrimonio como el único fin de realización en la vida. La movilidad en las trayectorias de vida, hace que más personas tengan que vivir solas por cuestiones de trabajo o de estudios. Son tantas las configuraciones, que es un hecho que más personas comen solas cotidianamente.

Sin embargo, contrario a la creencia social sobre la soledad, para algunas de estas personas el hecho de comer solas puede ser liberador. En el caso por ejemplo, de las viudas, que han pasado toda su vida probablemente cocinando para los otros, y que por primera vez no están supeditadas a considerar horarios y gustos del otro. Aunque el hecho de cocinar para otros puede proveer placer para quien prepara, algunas personas describen el hecho de cocinar sólo para sí mismos como algo liberador. Aunque en algunos contextos culturalmente parecería raro que una persona acudiera sola a degustar una cena de alta gastronomía, es cada vez un uso social más frecuente: se trata de personas que buscan de ir verdaderamente a experimentar la degustación, o a relajarse en la introspección de comer.

Los libros de cocina que se han publicado recientemente, también consideran a los comensales solitarios: la forma de cocinar para uno mismo sin tener que desperdiciar ingredientes ni recursos de tiempo y esfuerzo, es un reto cuando se quiere tener variedad y placer en la degustación. Los autores de recetas cada vez más conscientes de esto, han publicado libros para personas que viven solas. Cocinar para uno mismo es un acto de autocuidado que está francamente subvalorado: quiénes lo hacen no obtienen el reconocimiento del otro, y socialmente, no se espera que una persona sola cocine para sí misma. Durante la pandemia, esta tendencia fue más notoria, puesto que las personas que viven solas, no se vieron obligadas a compartir en compañía por ejemplo, de compañeros de trabajo o de amigos durante las comidas. Tal vez el tránsito entre ambos polos es lo que permite por un lado, sentirse libre de ciertas normativas sociales, pero también, el hecho de convivir nos devuelve el sentido de vida en comunidad.

Aunque las personas somos seres sociales, es verdad que así como se necesita de la convivencia con grupos de personas, también es necesario el regreso a la introspección, a estar con uno mismo para ser la mejor compañía. La soledad está socialmente infravalorada, pero ofrece la oportunidad del mejor autoconocimiento para justamente, funcionar mejor como ser social. 

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

Lee más de este autor