El silencio es una rareza en nuestra sociedad; el silencio es necesario para después poder hablar con inteligencia.

Son palabras de la canciller alemana, reproducidas por Ana Carbajosa, corresponsal de El País en Alemania, en su libro Angela Merkel, crónica de una era (Ariel).

Hoy, después de 16 años de gobierno, Merkel se va. Su vacío representa oro en épocas de populismo y posverdad.

Merkel fue la última líder que respetó el valor de la palabra y, particularmente, decepcionó los gustos superfluos de las audiencias. “Me resulta irritante cuando la gente me dice que soy fría. Yo no me veo así, pero no me gusta mostrar mis sentimientos como espera la audiencia”, comentó en alguna ocasión. Merkel introduce la palabra “audiencia” para demostrar que no le interesa ser un producto de la mercadotecnia; plausible en época donde el espectáculo derrota a la política.

Sus rivales políticos no encontraron el ángulo vulnerable de Merkel porque ella no despertó odio en la gente; no dividió, no polarizó, no gobernó solo para la mitad de la población.

“El efecto rebote de una agresión incapaz de traspasar la piel gruesa de la canciller puede acabar devolviendo una imagen patética del atacante”, escribe Ana Carbajosa, para en seguida confesar lo que le dijo un periodista alemán sobre el tema: “Me dijo que es como un combate de lucha libre, en el que ella está impregnada de jabón. Cualquier ataque acaba por ser repelido”.

Patéticos fueron Trump, quien llamó a Merkel “estúpida”, según la CNN; Berlusconi, por haberla descrito como “culona no follable”, según reveló Wikileaks; y Erdogan, por haber comparado su política con el nazismo.

Uno de los rasgos de Merkel que marcaron su liderazgo en los últimos 16 años fue la manera de negociar. “La señora Merkel tiene un estilo de liderazgo que se caracteriza, como ella misma ha dicho, por comprometerse lo más tarde posible. Mantiene abierto el mayor número de opciones posibles (...) Cuando era niña, en las clases de natación del colegio, y tenía que saltar del trampolín de tres metros, era la última en saltar, justo al final, pero saltaba”. Así la describe Wolfgang Schäuble, presidente del parlamento alemán, diputado desde hace casi 50 años y exministro en cinco carteras.

“No se compromete antes de lo necesario”, recalca Schäuble. El vocablo popular alemán refleja ese rasgo a través del verbo merkeln como sinónimo de dudar y postergar decisiones.

A Merkel no le gustaba sentarse a negociar con alguien que no fuera capaz de discutir de manera lógica.

Merkel caminó sobre algunos terrenos pedregosos durante 16 años de gobierno, uno de ellos fue la crisis del euro y sus políticas de austeridad que generaron tensión en Grecia. Pero también lo hizo sobre caminos memorables, como el haberle abierto las puertas de Alemania a un millón de migrantes.

Se fue la última política lógica. Se queda su estrategia del trampolín.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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