La planificación económica volverá por sus fueros. No de la mano de un nuevo y aterrador socialismo, sino de gobiernos que se verán compelidos a mitigar seriamente el calentamiento global, en el contexto de acuerdos internacionales crecientemente vinculatorios. Más pronto que tarde, la comunidad internacional asumirá a cabalidad las implicaciones de limitar el aumento en la temperatura promedio del planeta a menos de 1.5 o 2°C, con la finalidad de evitar los peores escenarios —incluso catastróficos— del cambio climático, de acuerdo con los dictados de la ciencia. Los países que tomen la delantera y asuman compromisos de manera cabal y visionaria ganarán liderazgo, influencia y participación en nuevos mercados de tecnología, bienes de capital, productos y servicios. Se tratará (ya se trata) de una verdadera Revolución Industrial. Los perdedores serán aquellos países rezagados, negacionistas y obsesionados o dependientes de los combustibles fósiles (como el México actual).

De manera correspondiente con los márgenes de aumento en la temperatura identificados, y de acuerdo a los modelos climáticos, es indispensable que el mundo llegue a la mitad del siglo XXI con cero emisiones netas de gases de efecto invernadero. Téngase en cuenta que en un escenario tendencial de emisiones, dejando las cosas como van, el incremento en la temperatura esperado hacia finales del siglo XXI oscilaría entre 4 y 6°C, lo que conllevaría un planeta irreconocible para todo fin práctico.

¿Qué debe pasar en cada sector de la economía para que se cumpla el objetivo de cero emisiones netas en el 2050? ¿Qué alternativas pueden vislumbrarse? ¿Qué instrumentos y decisiones de política pueden ser llevados a la práctica de manera eficiente y predecible para lograr ese objetivo? ¿Cómo planear en retrospectiva el desarrollo de las economías desde el 2050 hasta nuestros días? Responder tales preguntas exige un ejercicio inédito de planeación donde se maximice el ingreso nacional sujeto a la restricción de cero emisiones netas a lo largo y ancho de todos los sectores de la economía. Esto implica construir modelos climáticos de equilibrio general donde interactúen una matriz de relaciones intersectoriales (insumo–producto) con variables macroeconómicas, funciones de demanda y oferta, comercio internacional, patrones de consumo, grupos de ingreso, distribución del ingreso, precios, regulaciones, impuestos al carbono (carbon tax), energéticos y tecnologías disponibles, inventarios de emisiones, factores de emisión, emisiones totales, uso de la tierra, y captura de carbono en sistemas naturales (bosques, selvas, humedales), entre otros aspectos. Los modelos deben arrojar qué políticas deben confeccionarse, qué precios o regulaciones es preciso establecer, y qué tipo de incentivos es necesario introducir para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas, así como costos, beneficios y escenarios alternativos.

El ejercicio ofrecería rutas para que, por ejemplo, el sector transporte se liberara virtualmente de los combustibles fósiles a través de la electrificación y del uso privilegiado de medios de movilidad colectiva y no motorizada en las ciudades. Sugeriría también cómo alcanzar un sector eléctrico esencialmente descarbonizado a partir de energías renovables y nuclear, redes inteligentes y sistemas de almacenamiento de energía. Podría explorarse igualmente el destino y composición final del sector hidrocarburos, explotación y refinación, así como de la petroquímica básica. Dado que en este último caso, al igual que en las industrias cementera y siderúrgica, sería muy difícil o muy costoso llegar a una situación de cero emisiones, los modelos indicarían qué tipo de compensaciones tendrían que darse a través de la restauración y reforestación de bosques y selvas, así como de humedales. Los modelos señalarían una superficie óptima de Áreas Naturales Protegidas y de cobertura forestal, con fines de captura de carbono y compensación de emisiones no mitigadas, así como la composición necesaria de paisajes y usos agropecuarios de la tierra, ganadería y fertilizantes. Esto último, con el correspondiente cambio en patrones de consumo y alimentación entre la población, indispensables para minimizar emisiones. Desde luego, en todos los sectores, el ejercicio de planeación permitiría identificar las oportunidades de inversión, desarrollo económico, empleo y localización geográfica de nuevos mercados, productos, servicios, tecnologías y actividades, que orientarían al sector privado hacia oportunidades emergentes de negocios. Tendríamos una asociación virtuosa entre un capitalismo innovador, dinámico y vibrante, con todo y su destrucción creativa, y un Estado rector lúcido y comprometido. Con esta información, el gobierno podría trazar rutas de desarrollo en planes quinquenales, con instrumentos de política, metas intermedias y arreglos y responsabilidades institucionales, capaces de ser revisados y rectificados de acuerdo al desempeño y viabilidad. Tendría que crearse un mecanismo de seguimiento riguroso.

Tal vez esto les resulte chocante a los libertarios, pero es imperativo para salvar al mundo tal como lo conocemos. En el juego final de los bienes públicos planetarios, un Estado fuerte y capaz es imprescindible.

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Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.