El tercer debate fue más de lo mismo. Pese a que hay que reconocer que Anaya sí tiene idea de cómo debatir, los otros tres candidatos tienen ideas peculiares al respecto. Las ideas fueron pocas, los múltiples ataques se cebaron sobre las trayectorias personales, no sobre las propuestas y su viabilidad, salvo contadas ocasiones. La cultura política mexicana no es precisamente proclive al auténtico intercambio de ideas; no extraña que los debates sean más una escenificación del poder, que la defensa bien articulada de una propuesta de proyecto de gobierno.

Gracias a la atinada conducción y a las preguntas seleccionadas, pudimos escuchar propuestas más concretas en el ámbito social y económico, aunque en realidad, muchas de ellas no pasan de ser promesas cuya viabilidad es cuestionable. Descontando al Bronco, que lo que diga es francamente intrascendente, el martes pasado las agresiones menudearon entre los tres principales contendientes, y, como siempre, la tunda contra AMLO.  López Obrador lucía hasta cierto punto relajado, pero con ganas de irse; Ricardo Anaya se veía iracundo, a duras penas contenido. No era para menos, después de que se dio a conocer que, media hora antes del debate, se había publicado la segunda parte del video que aparentemente contiene las pruebas del tráfico de influencias y lavado de dinero cometidos, supuestamente, por Anaya. Al mismo tiempo, la SIEDO atrajo la denuncia formulada por Ernesto Cordero contra Anaya. Era normal que el candidato frentista se mostrara tenso, dispuesto a contraatacar y así lo hizo. A José Antonio Meade, por su parte, se le vio sereno, los temas tratados son un campo que conoce bien; siguió con su estilo de profesor universitario, buscando cualquier oportunidad para exhibir a López Obrador, aunque no tanto a Anaya. ¿Para qué? Como sea, ya le había dicho vulgar ladrón; además, los dardos envenenados ya habían provocado el efecto deseado: sacar a Anaya de sus casillas, tanto que dos veces, durante el debate, éste amenazó a Meade y a Peña con la cárcel, claro, de llegar a la Presidencia. 

Me parece que el voto antipeje tuvo ocasión de coaligarse, bajo recomendación de Diego Fernández de Cevallos, pero se perdió la oportunidad. Anaya y Meade seguirán luchando por el segundo lugar. Ahora mismo, veo que Meade y el PRI están por la labor de ubicarse en el segundo lugar. Parece que la estrategia de comunicación Alazraki está funcionando, tanto la parte visible, como la que no vemos.

Algunas encuestas, como las de Reforma, dieron como vencedor a Ricardo Anaya. Discrepo. No hubo un vencedor claro, el impacto sobre la intención de voto es relativo y posiblemente la mayor parte del electorado ya haya elegido por quién votar. Los indecisos seguirán en las mismas y su voto, si es que lo ejercen, se distribuirá de una manera que es difícil adivinar porque puede haber voto oculto, o no irán a votar, o incluso, habrá votos anulados. Teóricamente, podrían cambiar el rumbo de la elección, pero dependerá de su distribución y la ventaja de AMLO es enorme.

López Obrador administró su ventaja. Sabedor de que debatir no es lo suyo, se adhirió estrictamente a la cansina fórmula de que el combate a la corrupción es la pieza clave para detonar el desarrollo y entrar a la senda democrática. En parte tiene razón, pero su propuesta de combate a la corrupción tiene tintes mesiánicos y lo peor es que está pensada en doble rasero. Por supuesto logró evadir los golpes; especialmente interesante fue que negara rotundamente haberse entrevistado con Peña Nieto; debe ser estrictamente cierto, seguro no se ven frente a frente desde hace seis años. Pero eso no quiere decir que no hubiese algún globo sonda. No me parece casual que López Obrador haya sacado pañuelo blanco con respecto a Peña, pidiendo que se le apoyara hasta el fin del sexenio y reiteradamente diciendo que no meterá a la cárcel a nadie.

Los equipos de Peña y López Obrador pueden entenderse, proceden de la misma matriz cultural priista y entre gitanos no se leen las manos. Para el priismo es más seguro pactar con Andrés Manuel que con Anaya, porque a este último lo consideran un traidor. Simplemente con ver el trato dispensado a Gustavo Madero, a Margarita Zavala y a Miguel Ángel Mancera, e incluso a Manlio Fabio Beltrones, los priistas podían intuir que los códigos de cortesía política no son compartidos por Anaya, cuya ambición le ha obnubilado hasta el punto de cosechar enemistades gratuitas; dicho sea de paso, son uno de los grandes obstáculos que, por su falta de oficio político, Anaya se ha autoimpuesto. Si hubiese jugado menos rudo contra el presidente y el PRI, a lo mejor estarían negociando ir juntos contra AMLO. 

No es necesario que Peña y López Obrador o sus personeros se vean personalmente; existen canales en la opinión pública que expresan las auténticas opiniones y se mandan señales sutiles. Ahí están para quienes puedan entender ese idioma arcano del sistema político, los mensajes entre líneas que aparecen una y otra vez, en la prensa, en el momento preciso. Por ejemplo, la especie de que Guillermo Ortiz o Santiago Levy, ambos funcionarios zedillistas, son serios candidatos a ser secretarios de Hacienda de López Obrador fue literalmente un dron de reconocimiento para ver cuál era la reacción del candidato de Morena. Si bien el Peje insistió en que el bueno para el cargo es Carlos Manuel Urzúa, nuevamente hubo un señalamiento a través de una columna política en la que se insistía en que Urzúa no está preparado para el cargo, lo cual es cierto, y que si AMLO está donde está se lo debe a una sola persona: Ernesto Zedillo, lo que también es completamente real. Están también las señales internacionales, la entrevista de The Wall Street Journal a Urzúa, en la que dijo que no estaba interesado en circular por los circuitos de las finanzas internacionales, sino en hacer “reingeniería financiera” interna. No se puede hacer lo uno sin lo otro en un mundo globalizado donde la economía mexicana es la número 14, por eso los mensajes no pasaron desapercibidos para alguien que conoce los resortes del sistema.

¿Qué va a pasar en esta última etapa de la campaña? Como ya empezó el Mundial de futbol en Rusia, en realidad el último acto fuerte de las campañas antes de los cierres fue el debate del 12 de junio. La justa parece haberse definido antes de que los ciudadanos ejerzamos el voto. No son ni remotamente las encuestas ni su manejo lo que han definido el rumbo. Han sido los errores de los últimos 30 años los que definieron el escenario actual, particularmente los habidos de 2013 a la fecha. En el pecado llevan la penitencia.

Si el escenario tendencial se cumple, lo que es altamente probable, y López Obrador es el siguiente presidente de México, no llegará al poder exclusivamente por sus méritos o por la excelencia de su programa de gobierno nostálgico, sino por el hartazgo de millones de ciudadanos frente a una clase política decadente, cuya impudicia no puede ser ocultada. La desesperación y la necesidad de un patriarca salvífico parecen ser el humor social.