El gobierno federal se gastará este año 100,000 millones de pesos o más en subsidios a las gasolinas y, con todo lo que le roban a los automovilistas en las gasolinerías, se juntan otros 47,000 millones de pesos. ¿No es una cantidad lo suficientemente fuerte como para hacer algo en contra de estos criminales?

Uno de los delitos más viejos y tolerados en contra de los consumidores es el robo a los clientes de las gasolinerías. Desde siempre, los malos comerciantes de combustibles han encontrado la manera de robar, despachando cantidades incompletas y cobrándolas a 100 por ciento.

Han incursionado también en la clonación de tarjetas, en la distribución de billetes falsos, en la venta de lubricantes adulterados, en fin. Pero el robo a través de no dar litros de a litro es el delito que más les reditúa.

Desde las trampas de aire en las viejas bombas, pasando por los ajustes manuales en los mecanismos de bombeo, hasta los sofisticados sistemas electrónicos de adulteración de las mediciones, es altamente lucrativo para esa delincuencia organizada.

Y también desde que existen los órganos encargados de vigilar los intereses de los consumidores, siempre ha sido uno de los temas más recurrentes. Desde los tiempos del Instituto Mexicano del Consumidor y desde los primeros días de la Procuraduría Federal del Consumidor, el discurso siempre ha sido el mismo: no nos temblará la mano para combatir el robo a los automovilistas.

Hoy se suma otra de estas frases, típicas del catálogo de lugares comunes de las autoridades mexicanas. Ahí donde están escritas aquellas de, caiga quien caiga, hasta sus últimas consecuencias, ni un paso atrás, etcétera.

Ahora, Bruno Ferrari, secretario de Economía, se avienta su letanía que empieza por prometer litros de a litro y termina por ofrecer que no le temblará la mano.

Y perdón, pero de eso hemos tenido suficiente.

Cambiar la Norma Oficial Mexicana para obligar la colocación de dispositivos especiales en las máquinas despachadoras de gasolinas y así garantizar el surtimiento adecuado de los litros es algo que debió ocurrir hace muchas décadas o al menos durante los primeros días de este sexenio, por si no quieren los actuales meter las manos al fuego por sus antecesores.

Poner calcomanías que garantizan que esas bombas de despacho están verificadas no es mas que una patente de corso para los malos gasolineros, porque tan pronto como se va el verificador mueven dos botones en sus computadoras y a robar de nuevo se ha dicho. Pero eso sí, presumen con sus clientes una estrellita en la frente.

Lo que hace falta es competencia. Así como en muchos otros sectores comerciales e industriales se ha terminado con la mala calidad y las trampas, ofreciendo alternativas, así para terminar con el enorme robo a los automovilistas lo que tiene que suceder es que haya competencia real entre las gasolinerías.

En países como Estados Unidos puede resultar exagerado que en una intersección de dos avenidas hay hasta cuatro estaciones de servicio, pero las cuatro están obligadas a ser mejores que su competencia y ofrecer mejores precios para evitar que el automovilista simplemente de la vuelta y vaya con otro.

Aquí sólo hay dos gasolinas y las dos de Pemex; aunque las empresas inversionistas son diferentes, la realidad es que los estándares de servicio son muy similares. Los lubricantes y aditivos son de una sola marca también y no hay garantías de salir libres de un delito.

Uno de los peores estancamientos de este país se da en el terreno de los energéticos, porque hemos sabido convertir la tenencia de petróleo en una maldición nacional.

Tienen que mejorar las normas de verificación, pero también aumentar las penas para estos delincuentes, porque si la constante es la impunidad, seguro que encontrarán la forma de darle la vuelta a los nuevos dispositivos de las bombas para mantener su jugoso negocio de asaltar impunemente a los automovilistas.

La promesa siempre ha sido clausurar los negocios que roben. Muchos roban y no pasa nada.

Si clausuraran las gasolinerías que cometen este delito, es posible que de un jalón, cerrarían unos cuantos miles de establecimientos, pero seguro que los que queden la pensarían dos veces antes de seguir haciendo de las suyas.