No todo fue baile, estatua y discurso. La celebración del Centenario de la Independencia Mexicana iba a conmemorar, no nada más el final de 300 años bajo el yugo español, sino también que el gobierno de Porfirio Díaz había logrado convertir a México en una nación importante, progresista y confiable. Y el sueño de la fiesta anidaba en la mente de políticos, intelectuales y académicos y desde mucho tiempo antes de llegar la fecha señalada. El general y su gabinete estaban decididos y preparados. Justo Sierra lo dijo: la celebración debería recordar “el sufrimiento por la sangre derramada que le dio a la nación su libertad” y el compromiso era “realizar unos festejos que, más allá de la fiesta, implicarían la memoria lúcida de la patria”.

Fue desde la primavera de 1907 cuando se formó la comisión encargada de los festejos del Centenario. El general Díaz había sido muy claro en sus lineamientos: “El primer centenario debe denotar el mayor avance del país con la realización de obras de positiva utilidad pública” y no lo dijo tan específicamente, pero también deberían mostrar la mejor cara posible a la comunidad mundial, ofrecer garantías y privilegios a los inversionistas extranjeros y lograr un papel digno ante los ojos de todas las naciones.

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Aquello de las obras públicas de importancia, fue cumplido a cabalidad: en aquel año de festejos surgieron instituciones como la Escuela Internacional de Arqueología y Antropología, el Servicio Sismológico Nacional y la Escuela Normal para Profesores. También se abrió el manicomio de La Castañeda y se inauguró, imponente, el nuevo lago de Chapultepec, además de la Universidad Nacional de México y el Palacio de Bellas Artes.  Los héroes que nos dieron patria tuvieron excelsos monumentos: la Columna de la Independencia, con su victoria alada, se convirtió en ángel para siempre y en emblema de la nación moderna y hasta los caudillos esculpidos en su base –Miguel Hidalgo, José María Morelos, Vicente Guerrero, Francisco Javier Mina y Nicolás Bravo– tuvieron justo, prístino y sólido homenaje. (Sólo comparado con el mármol de Carrara del que estaban hechos). El Hemiciclo a Juárez, inaugurado tres días después del Grito y diseñado en estilo neoclásico, reconoció la deuda que la República tenía con el impulsor de las Leyes de Reforma.

Con la inauguración de estas dos obras grandiosas, se completó el eje patriótico que había imaginado veinte años atrás Vicente Riva Palacio. El Paseo de la Reforma se convirtió en una lectura de Historia que se podía hacer a pie: sus monumentos a Cuauhtémoc, Cristóbal Colón, la estatua ecuestre de Carlos IV, la Columna de la Independencia y el hemiciclo de Benito Juárez habían completado la síntesis añorada de los episodios nacionales y oficiales.

Los festejos del pasado Centenario comenzaron el 14 de septiembre de 1910 con una Gran Procesión Cívica formada por todos los sectores de la sociedad y un homenaje luctuoso a los restos de los héroes de la Independencia en la Catedral. Al día siguiente, 15 de septiembre, tuvo lugar un desfile, que en aquella ocasión ofreció una representación de los momentos fundadores de la nación: la Conquista, el Virreinato y la Independencia. Cada una de tales épocas representada por cuadros escenográficos en los que participaron cientos de personas que revivieron en manera teatralizada los momentos más significativos: el encuentro entre Cortés y Moctezuma, el Paseo del Pendón (la ceremonia con la que las autoridades coloniales celebraban el aniversario de la Conquista de México) y la entrada triunfal del Ejército Trigarante en la capital el 21 de septiembre de 1821. La Crónica oficial dijo que el espectáculo había sido aplaudido por más de 50,000 espectadores, aunque no faltaron quienes apuntaron que tal representación había sido un artilugio diseñado para grabar en la memoria de los sectores populares los episodios que deseaba consagrar la historia oficial del Porfiriato.

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La ceremonia del Grito estuvo enmarcada por la novedad espectacular de la iluminación eléctrica. Las crónicas dijeron que el aspecto de las casas, plazas, calles y edificios públicos formaba "un verdadero manto de luz" que envolvía la ciudad con un resplandor casi divino, y el tema mereció los adjetivos más elogiosos para alabar ese alarde del progreso.

Más no todo terminó allí. El gran baile en el Palacio Nacional, celebrado el 23 de septiembre, fue lo mejor de las fiestas. Tanto, que la enumeración de las muy honorables señoras y señoritas que asistieron, así como la descripción de de sus “elegantísimos toilettes”, ocuparon todas las columnas de la prensa diaria. También se mencionó que, para la cena ofrecida después del baile, se había mandado a hacer una vajilla con filamentos en verde, blanco y rojo, decorada con un “delicadísimo encuadre en oro y que al centro tenía al águila del escudo nacional”. Sobre ella se sirvió un chile en nogada para abrir el apetito.

Hubo diez platillos más, pero también terribles memorias y enormes descontentos, que ni al final de los postres se borraron. Afuera de Palacio Nacional, con escasos reportes de prensa, quedaron las protestas y los gritos.

Quizá también una leve esperanza: lo venidero tendría que ser mejor y había solo que esperar…al próximo centenario, a las próximas fiestas.