El martes publicamos, en la sección Arte, ideas y gente de este diario, una nota, que yo escribí (sí, sé que es tramposo que como editor me publique a mí mismo, procuraré no hacerlo más) sobre el Festival de Escritores de San Miguel de Allende o San Miguel Writers’ Conference & Literary Festival.

La verdad es que la escribí de la manera más objetiva que pude: una breve introducción y preguntas y respuestas. Incluso en mis preguntas evité transcribir la mayor parte de los comentarios que dije al platicar con Susan Page (directora del encuentro) y Carmen Rioja (codirectora). Así creo que se debe escribir en las páginas de un periódico: ofrecer la información a secas para que sea el lector quien le dé relevancia ( y una vez más estoy siendo tramposo porque yo le di a la nota una gran relevancia: el espacio principal de mi portada).

Pero, hey, este es mi blog y aquí no debo pretender objetividad. Seré totalmente subjetivo para explicarles por qué le di la portada y les contaré por qué eran elogiosos los comentarios que le hice sobre todo a Susan, la fundadora del encuentro. Esto de pasada y como argumentación para hablar sobre algunos horrores de nuestra industria editorial.

Comienzo por la confesión: Le di ese espacio al Festival porque, en lo personal, la edición anterior, la número siete, fue una experiencia que me cambió la vida o por lo menos algunas de las ideas que tengo sobre la misma sobre mi propia vida, no sobre la vida en general (recuerden que para mí, siendo biólogo de formación, la vida es todo un tema), y no lo reflejé en las notas que publiqué entonces (una entrevista con Naomi Wolf y una nota sobre y una entrevista con Margaret Atwood).

Creo que mi nota del martes pasado, sin la subjetividad, no transmite más que una pequeña parte de la razón por la que el festival me pareció tan relevante. Así que déjenme contarles una pequeña historia personal.

Números para contar esta historia

En el 2008 salió publicado mi libro de cuentos Números para contar, gracias a que ganó el Premio Nacional de Cuento Ciudad Ecatepec y a los esfuerzos de Ficticia Editorial, de Marcial Fernández (magnífico cuentista y fundador de la única editorial mexicana que se dedica casi exclusivamente al cuento).

A los pocos días de tener en mis manos mis 100 ejemplares, de la edición de 1,000 con los que Ficticia me pagó mis regalías, le hablé a mi editor (de quien era, y sigo siendo, editor a mi vez pues es columnista en este diario) y me puse a su disposición: He decidido dejar de ser periodista y convertirme en escritor, o, mejor dicho, en cuentista –le dije, palabras más o menos-, así que tú dime, hacemos presentaciones del libro, lo vendemos a lo largo y ancho del país, vamos preparando la edición ilustrada, me pongo a acabar mi novela y voy armando un plan para no dejar la sección desprotegida, pero voy a ir redactando mi renuncia, tal vez me puedo quedar con una columna

Alarmado, y supongo que un tanto enternecido, Marcial, que aunque no lo parezca es un hombre sensato, me dijo: No, no, no, no . Me explicó que en este país no se puede vivir de escribir ficción. Los libros no se venden mucho, los premios literarios están amañados y aunque no lo estuvieran no sabemos si te los vas a ganar, además el espacio que tienes en el periódico es importante y tienes dos hijos que mantener y mandar a la escuela

Tenía razón, por supuesto ¿o no? ¿En este país no se puede vivir de escribir libros? ¿No se puede siquiera intentarlo? ¿Ni pensarlo?

En principio, no.

Pero mi visita del 2012 a la San Miguel Writers’ Conference me mostró que hay mercados que funcionan mejor, mercados más grandes y sanos.

En la entrevista con Susan y Carmen menciono que el año pasado en el Festival conocí, además de escritores, a editores independientes (todo un tema que algún día les contaré), agentes, book doctors y writing coaches.

Sam Horn es una writing coach, y una parte del taller que ofreció el año pasado era algo como consejos para presentar tu libro o proyecto ante un agente literario , es decir, vender tu libro. Hicimos una dinámica de grupo y a mí me tocó aplicar los consejos a la presentación de una mujer militar con un proyecto muy interesante.

La verdad es que yo casi me limité a palomear la lista de los 10 consejos para una sesión con un agente literario y a decirle debes reforzar el 3 y el 5, pero dos días después, la soldado me abrazó y agradeció muchísimo: Gracias a mí, según ella, había logrado vender su proyecto, ya le habían ofrecido una cantidad de dólares que a mí, con el tipo de cambio y la desigualdad económica mexicana (ese es nuestro verdadero problema, no las crisis) me sonaron como una fortuna.

Es apenas un atisbo de ese mercado literario más sano y funcional que es el anglosajón, pero no es el único que tuve en los cuatro días del encuentro.

Un ejemplo aislado narrado por alguien que nunca ha ido a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, le parecerá a quienes se nieguen a ver la viga en el ojo de nuestro viciado mercado mexicano, ese tan dependiente del amiguismo y las mafias literarias, ese que dominan casi por completo las editoriales españolas y que tiene como principal editorial mexicana (aunque seguida muy de cerca por la muy honorable y privada Porrúa) a una paraestatal dirigida (ahora, como cuando la comandó un ex presidente) por alguien que nunca ha hecho un libro, ese en el que el libro más vendido del 2012 (Aura, de Carlos Fuentes) lo es, entre otras cosas, porque lo piden en las escuelas, ese en el que muchos escritores se quejan de que nadie lee pero (muchos, no todos) tampoco se ocupan de hacer libros que la gente quiera leer.