El 1º de enero de 1825, el general Guadalupe Victoria fue el primer presidente mexicano que rindió un informe de gobierno, aun cuando no tenía el deber de hacerlo. En la Carta Magna de 1824 y posteriormente en la de 1857, se estableció que los secretarios del poder Ejecutivo serían quienes debieran comunicar al Congreso de la Unión, cada año, sobre la administración, obligación de la que estaba excluido el primer mandatario. Sin embargo, los presidentes Benito Juárez y Porfirio Díaz ocasionalmente rindieron informes. Las circunstancias hacían necesario recurrir a esta dinámica, pues tal como hoy permitía dar la nota y difundirla en el medio más influyente de la época: el periódico. Así, la comparecencia ante el Legislativo buscaba generar “cercanía” con los ciudadanos.

En la Constitución de 1917, se estableció que el presidente de la República debía asistir cada 1º de septiembre a la apertura de sesiones del Congreso y rendir un informe sobre el estado de la administración pública. De esta manera, inició la práctica institucionalizada para que la clase política nacional rindiera pleitesía al individuo más poderoso del país.

Por aquellos años, también se consideró que en las constituciones locales debían instituirse los informes de los gobernadores y, después, ¿por qué no?, también de los presidentes municipales. Así se propagó un culto que desde hace décadas permite año con año, que, en todos los rincones de la patria, se realicen miles de ceremonias de veneración al poder público.

Pero no todo podía seguir marchando bien. En 1988, durante el sexto y último informe del presidente Miguel de la Madrid, un diputado del Frente Democrático Nacional se atrevió a increparlo, solicitando reiteradamente el uso de la palabra y generando tensión en el recinto. Nunca alguien había tenido tal atrevimiento. Aquel osado personaje era el actual presidente de la Cámara de Diputados, el ahora morenista Porfirio Muñoz Ledo, que en aquel entonces tenía 55 años. Iniciaba la democratización mexicana.

En el 2006, el presidente Vicente Fox no pudo entrar al Congreso de la Unión. Los integrantes de la bancada del PRD le negaron el acceso. Los mismos que alegaban fraude electoral en perjuicio de su candidato, Andrés Manuel López Obrador. Aquel momento se convirtió en un pasaje vergonzoso de nuestra historia y fue el punto de partida para la etapa de mayor radicalismo político en México.

Un año después, ya en tribuna, el presidente Felipe Calderón Hinojosa no pudo pronunciar su discurso, pues fue interrumpido persistentemente por los perredistas. Tuvo que retirarse.

Para el 2008, en el afán de evitar desaguisados, el presidente ya no acudió al Congreso, en ese momento inició la práctica de enviar el texto por conducto del secretario de Gobernación y, posteriormente, emitir un mensaje a la nación durante un acto no protocolario. Ahora, las bancadas de Morena proyectan reinstaurar “El día del presidente”. ¡Claro! Siendo los dueños de la anarquía, desean entregar a su líder, en charola de plata, la decencia con la que nunca desearon conducirse.

En este contexto, el lunes pasado, a las afueras de Palacio Nacional, donde fue el sexto y último informe del presidente Enrique Peña Nieto, cuando supondríamos que el radicalismo está relajado y los apetitos de venganza de la izquierda mexicana saciados, se dio un vergonzoso suceso protagonizado por el diputado Gerardo Fernández Noroña, quien, con su habitual tendencia a violentar todos los códigos, pretendía acceder a dicho inmueble. Si bien se trata de un lugar público que pertenece a todos los mexicanos, el sentido común dicta que, al ser un espacio reservado para el uso de la Presidencia de la República, puede restringirse la entrada. Fiel a su estilo, el diputado Noroña hizo un escándalo, haciendo gala de su prepotencia, aduciendo que los policías que aislaban el acceso ¡estaban violentando su fuero constitucional! ¿No es eso de lo que estamos fastidiados los mexicanos?

En ese momento, llegaron sus compañeros de partido, precisamente el emblemático diputado Porfirio Muñoz Ledo y el senador Martí Batres, a quienes por obvias razones se les facilitó el paso, pero recibieron severos insultos por parte de presuntos simpatizantes del diputado Noroña, quien, después, en una improvisada conferencia de prensa, los llamó lacayos y traidores. No consideró que seguramente estaban ahí con la autorización de su líder supremo.

Me remito al día en que Andrés Manuel López Obrador recibió su constancia de mayoría. No es casualidad que hubiera ocurrido en tranquilidad. En aquella ocasión, se dio ejemplo de civilidad, simplemente porque más allá del triunfo legítimo y avasallador del presidente electo, los mexicanos aspiramos a vivir en paz, gobernados con racionalidad y eficiencia. Ésa es nuestra aspiración.

Por último, me parece que los gobernantes, para difundir sus obras y acciones, deberían dejar atrás las prácticas victorianas y recurrir, cada vez más, a las redes sociales, pues optimizarían la divulgación y economizarían recursos.

@Ernesto_Millan

Ernesto Millán

Columnista

Molinos de Viento

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Dirección y Gestión Pública Local por la Unión Iberoamericana de Municipalistas. Ha ocupado diferentes cargos en gobierno federal, estatal y municipal por más de 20 años. Es Secretario Técnico del Consejo Consultivo de la Federación Nacional de Municipios de México (Fenamm) y Consejero Jurídico de la Comisión Unidos Contra la Trata A.C.