Este próximo 15 de abril se cumplirán 100 años del inicio de una larga serie de grandes descubrimientos científicos que han ayudado a mejorar (y salvar) la vida vida de millones de personas. Ese día de 1921 los científicos canadienses F.G. Banting y C.H. Best consiguieron aislar por primera vez la insulina a partir de páncreas de animales. Tras más un año de estudio clínicos una farmacéutica sacó a la venta la primera versión de la insulina humana, la primera hormona sintética que venía a mejorar la vida de los diabéticos. Banting y Best recibieron el Nobel de Medicina en 1923 por su descubrimiento, pero la materia prima para producirlo (millones de páncreas de cerdo) volvía su precio inalcanzable para la mayoría de los enfermos.

Además, la insulina de origen animal era riesgosa y escasa, así que hoy en día la extraemos de millones y millones de bacterias (E. coli, el primer organismo al que le cartografiamos el ADN) que funcionan como fábricas de insulina humana. Con ayuda de la ingeniería genética, los científicos pueden convertir microorganismos en minifactorías de sustancias que mejoran nuestra salud, nuestro medio ambiente y la economía. ¿Cómo logramos eso? La ingeniería genética consiste en la manipulación del material genético de un organismo para insertar en él cualidades que nos interesan, como el producir antígenos, hormonas, proteínas o drogas que posteriormente recolectamos y purificamos, y que son totalmente seguras para su uso en humanos (cuando son para uso en humanos).

Esto consiste, básicamente, en identificar una característica en un organismo donador que queremos replicar en otro, por ejemplo, el gen que codifica la insulina, e implantarlo en el organismo huésped (este será el organismo transgénico o GMO) en este caso una bacteria, para que produzca insulina. Como las bacterias se reproducen de manera asexual y más rápido que si no fuera a existir mañana, en unas semanas tendremos millones y millones de clones de bacterias que producen insulina humana, lista para recolectarla y llevarla al mercado, poniendo al alcance de todos los diabéticos del mundo insulina humana barata y segura.

Con esto nadie parece tener un problema, pero no es así cuando hablamos de introducir modificaciones en nuestros alimentos. La creencia general es que estos productos pueden ser tóxicos o causar efectos no deseados en nuestro organismo, incluso modificar nuestro ADN. Pero las regulaciones determinan que cualquier transgénico debe ser analizado al menos tan concienzudamente como lo hacemos con una vacuna o un medicamento. Muchos años pasan antes de otorgar a un GMO el certificado de inocuidad alimentaria que necesitan para salir a la venta, y prácticamente todos lo han hecho. Las Academias Nacionales de los EU han publicado los resultados de decenas de años de estudios que demuestran la seguridad en el consumo de estos productos más allá de toda duda razonable. (Copia del documento en español en:  t.ly/tdPo).

En México contamos con un centro de investigaciones en biotecnología orientadas a la mejora genética del trigo y el maíz que es referente y copartícipe en investigaciones punteras en el mundo. Fundado por el Gobierno de México y la Fundación Rockefeller en 1943, hoy cuenta con más de 600 investigadores en más de 40 países, y fue el origen de la Revolución Verde que el Nobel de la Paz Norman Borlaug puso en marcha y que llevó a México y a otros países a la autonomía alimentaria por primera vez a lo largo y ancho del mundo, especialmente en América Latina y Asia.

No hay nada que objetar a un sano escepticismo y el deseo de una regulación estricta en materias tan delicadas, y vetos aún más rigurosos en asuntos como la investigación genética en humanos. Pero el mito de que los GMO o transgénicos son dañinos y perniciosos, al igual que el bulo antivacunas son creencias que acaban por lastimar no a los más vocales de estas campañas, sino a los más pobres y necesitados. Para combatir eso el mejor remedio es el conocimiento, los datos que han sido probados y repetidos por científicos en todo el mundo, a través de los métodos que nos han ayudado todo el camino desde que criamos la primera raza de vacas domesticadas hasta el día en que nos encontramos hoy, cuando conocemos la totalidad del genoma de cientos de especies y tenemos las herramientas para repararlo y modificarlo, mejorando la vida de millones y millones de humanos.

Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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