La seguridad ciudadana en nuestro país va en picada y no se aprecian alternativas para evitar el colapso. Lo sucedido a los tres estudiantes de cine de Guadalajara es un nuevo capítulo de terror que hace patente la maldad que nos rodea.

Recientemente leí el libro de J. Jesús Esquivel, Los Narcos Gringos. Tenía inquietud de comprender los mecanismos de distribución y comercialización de estupefacientes en Estados Unidos. Sobre todo, buscaba saber por qué el país con mayor demanda de drogas en el mundo no presenta índices de narcoviolencia como los que nosotros padecemos.

La respuesta es simple: los criminales norteamericanos temen a sus leyes y, por tal motivo, son discretos en sus operaciones y menos violentos. En contraste, en México, los elevados índices de impunidad propician nuestra dantesca realidad.

Debemos asumir que el gobierno sólo es capaz de contribuir con una parte de la solución, es un actor más en un sistema donde deben converger múltiples esfuerzos. El problema que sufrimos es colectivo; emana de la sociedad que todos hemos construido. Quienes hacen de México un campo de batalla tuvieron padre y madre, pero evidentemente falló su educación. Lo mismo sucedió con quienes están encargados de nuestra seguridad y se corrompen.

En el largo o mediano plazo deberíamos asumir el compromiso de aprender e inculcar valores a la niñez. La tarea involucra a padres de familia, maestros, sociedad civil organizada y los tres órdenes de gobierno, e insisto, a las televisoras mexicanas que conservan elevados niveles de influencia en la población, y que poco ayudan con su programación, donde abunda la violencia que repercute en el pensamiento y conceptualización de los mexicanos.

Si no llevamos a cabo un gran pacto social para transformarnos culturalmente seguiremos arraigados al “gandallismo mexicano”, cuna de nuestra tragedia. Todos buscamos sacar ventaja a costa de los demás y con esa actitud generalizada nos hacemos daño, muchas veces de manera irreversible.

Recientemente el candidato a la Presidencia de la República Jaime Rodríguez Calderón expresó estar a favor de la pena de muerte. Se ha dicho que en México no se puede instaurar esta figura, principalmente por los tratados signados con la comunidad internacional. Sin embargo, el mejor ejemplo de revocación de esta clase de pactos lo puso Donald Trump, quien unilateralmente abandonó el Acuerdo de París sobre cambio climático.

Otro argumento en contra se sostiene en los derechos humanos. A este respecto debemos definir si son prioritarias las víctimas o los victimarios. Los criminales privan de la vida a inocentes, les despojan de cualquier derecho, sea jurídico, natural o divino.

Si no se toman decisiones determinantes jamás enderezaremos el barco. A grandes problemas, grandes soluciones. Si cerramos filas y comenzamos un proceso eficaz para moralizar a quienes integran las instituciones de procuración y administración de justicia, podríamos pensar en la pena de muerte que, además, es un clamor ciudadano.

Hay homicidas y feminicidas confesos, a quienes las pruebas los incriminan de manera indubitable. En estos casos podría aplicarse sin cometer injusticia.

Muchos sostienen que instaurarla implica una regresión a la barbarie y una negación de los derechos humanos. Sin embargo, cuando hay causa de emergencia como la que actualmente vivimos, no podemos negarnos a utilizar todo lo que esté a nuestro alcance en el afán de proteger a nuestras familias.

Ernesto Millán

Columnista

Molinos de Viento

Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma del Estado de México. Maestro en Dirección y Gestión Pública Local por la Unión Iberoamericana de Municipalistas. Ha ocupado diferentes cargos en gobierno federal, estatal y municipal por más de 20 años. Es Secretario Técnico del Consejo Consultivo de la Federación Nacional de Municipios de México (Fenamm) y Consejero Jurídico de la Comisión Unidos Contra la Trata A.C.