Una vez que un niño toma un instrumento musical, jamás empuñará un arma.

Esteban Moctezuma

Suelo escribir en las páginas de este destacado diario sobre temas económicos y financieros. Sin embargo, ante la andanada en contra del sistema de orquestas infantiles anteriormente conocidas como Esperanza Azteca —hoy Orquestas Nueva Escuela Mexicana (ONEM)—, decidí redactar este artículo por la importancia que tiene como modelo de desarrollo para cientos de comunidades.

Tengo el honor de conocer personalmente a Ricardo Salinas Pliego y a Esteban Moctezuma, los dos principales promotores de este singular sistema de orquestas. En contraste con quienes atacan sin fundamentos este singular proyecto, tuve el privilegio de conocerlo de primera mano desde sus orígenes en Puebla, y ser testigo de su extraordinario avance a través de todo México, e incluso en el extranjero.

En el 2008, un dedicado profesor de música que llevaba una década trabajando con niños de comunidades vulnerables, Julio Saldaña, llevó un ensamble infantil de la sierra de Puebla ante Ricardo Salinas y Esteban Moctezuma. Inmediatamente, estos dos señores se enamoraron del concepto y como sólo saben hacer las cosas en grande, inspirados por el maestro José Antonio Abreu, diseñaron todo un sistema que tiene una década de vida: Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca (OSEA). Debemos aclarar que en sus inicios también se involucraron Leonor Mastretta, el chelista Carlos Prieto y Benjamín Zander, director de la Orquesta Filarmónica de Boston.

OSEA no fue el primer intento de introducir al país el concepto desarrollado en Venezuela en los 70 por el maestro Abreu, conocido internacionalmente como “El Sistema”, pero sí ha sido el más exitoso. Por su alcance, OSEA ha superado a su modelo original. En su apogeo tuvo casi 90 orquestas en prácticamente todos los estados de la República, con más de 17,000 integrantes: niños y niñas de escasos recursos que encontraron en la música la esperanza de un futuro mejor.

La enseñanza de la música cambia por completo la vida de los niños y jóvenes, especialmente los de escasos recursos. En este proceso, transforma comunidades enteras. Su práctica conlleva cualidades indispensables para el desarrollo como la disciplina, el trabajo en equipo y la búsqueda constante de la excelencia, valores escasos y muy necesarios en un país como México. Bien dice Esteban Moctezuma que una vez que un niño toca un instrumento musical jamás empuñará un arma. ¿Qué mejor modelo para pacificar un país entero?

La emoción de un niño al dominar un instrumento clásico se contagia primero a la familia, que se compromete con el desarrollo musical del joven. Eventualmente este “virus” se expande a comunidades enteras que ven en sus orquestas juveniles un gran motivo de orgullo.

Los niños de estas orquestas y coros dedican más de 3 horas diarias a la ejecución de un instrumento o al entrenamiento de su voz, y en este proceso se transforman gradual y profundamente. Aunque el modelo no está diseñado para que los niños se dediquen profesionalmente a la música, ya hay historias extraordinarias de éxito como el del joven Moisés Tlaxcaltécatl, quien desde niño mostró un gran talento para la trompeta, talento que originalmente le daba a su familia unos cuantos pesos cada vez que Moisés ejecutaba en el transporte público. Tenemos también la historia del joven violinista Javier Medina Solís, cuya capacidad de ejecución asombra. Sólo basta hacer una búsqueda en Internet para apreciar el singular talento de este par de jóvenes cuya vida fue trastocada por este sistema de orquestas infantiles. Moisés y Javier, cuyas historias conozco personalmente y que en algún momento llegaron a tocar en la Casa Blanca, nos dan la esperanza de que pronto tendremos un Gustavo Dudamel mexicano.

Pero esto no es lo fundamental, lo maravilloso de OSEA es que la vida de miles de niños mexicanos, sus familias y comunidades, ha sido transformada por este modelo de desarrollo personal. En un país donde abunda la violencia, la estulticia y el ocio, Esperanza Azteca transforma comunidades enteras.

Es lamentable que quienes dicen valorar la cultura cuestionen que este fabuloso sistema de orquestas pase a manos de la SEP. Me pregunto, ¿qué modelo educativo y de desarrollo personal puede ser más poderoso que este sistema? Me extraña que los apasionados por las políticas públicas no hayan estudiado e impulsado este singular modelo.

Mezquinamente se cuestiona a Esteban porque “durante 16 años trabajó como presidente ejecutivo de la Fundación Azteca”. Efectivamente, en esos 16 años de trabajo incansable Esteban Moctezuma, de la mano de Ricardo Salinas, transformó la vida de millones de personas a través de más de 40 iniciativas sociales que hoy siguen prosperando a pesar de las críticas de quienes nunca se han comprometido por el bienestar ajeno de una manera sustancial.

Se cuestiona que “será la SEP quien (sic) pagará los sueldos. Entre maestros, directores de orquesta, coordinadores estatales y personal administrativo en 30 estados del país, estaban involucradas más de mil personas”. Efectivamente, la música difícilmente se enseña a sí misma, pero vale la pena dedicarle recursos que difícilmente tendrán un mejor destino.

Probablemente ni Ricardo Salinas ni Esteban Moctezuma tengan el tiempo de responder a las críticas mezquinas de quienes dedican sus días a escribir columnas sosas e insustanciales. Personas que dicen apreciar la alta cultura pero que se indignan cuando ésta se abre a los segmentos más vulnerables de la población; no protestan con tanta vehemencia cuando lo que se promueve es la vulgaridad. Cuestionan la filantropía cuando nunca la han practicado.

Sin embargo, por el bien de miles de niños y jóvenes que han sido beneficiados por este sistema de orquestas que abre una poderosa ventana a la cultura a ellos y a sus familias, todos debemos salir en defensa de este modelo de transformación personal, definitivamente una extraordinaria política pública que merece ser financiada con nuestros impuestos, tanto como cualquier otra.

En el futuro de nuestra niñez, el recurso más valioso de nuestra nación, no hay cabida para la mezquindad.