Esta semana el Pentágono dio a conocer una noticia que tomó a muchos por sorpresa: Afganistán –ese país al que se le había considerado un verdadero peladero , sobre todo en comparación con Irak, en donde hay petróleo, cabe decir– tiene reservas naturales de litio equivalentes a 1 trillón de dólares. El litio se ha convertido en los últimos años en un metal crítico para la industria de las laptops y teléfonos celulares. Como si 1 trillón de dólares potenciales no fuera suficiente, el equipo de geólogos y militares estadounidenses encontraron también vastas reservas de hierro, cobre, cobalto y oro. El tesoro escondido.

Esto podría transformar a Afganistán en la Arabia Saudita del litio , se lee en el documento del Pentágono. Cierto, en la visión más positiva de la realidad eso podría suceder: Afganistán dejaría de depender de la producción y tráfico ilegal de opio y de la ayuda internacional para sobrevivir… pero ignorar los riesgos del descubrimiento para este país destrozado, sería completamente miope e irresponsable.

Ejemplos hay –y muchos– de países cuya maldición fue descubrirse ricos en recursos naturales. Por ejemplo, los economistas Jeffrey Sachs y Andrew Warner han probado econométricamente que en los países, cuyas economías están dominadas por ciertos recursos naturales los recios son significativamente más altos, lo cual evidentemente no puede ser una buena noticia para sus ciudadanos.

Los académicos que han escrito sobre el tema refutan las teorías convencionales, que asocian la riqueza en recursos naturales con la expansión económica. De acuerdo con estos teóricos, recursos naturales abundantes generan distorsiones económicas y políticas que retardan el crecimiento en el largo plazo, a pesar de que en el corto plazo puedan percibirse como factores de crecimiento. De hecho, esta literatura ha demostrado que, en promedio, aquellos países que son ricos en recursos naturales crecen más lentamente que aquellos países que no los poseen o que los contabilizan en una cantidad no significativa.

Es en este contexto, en el que debemos pensar en la buena noticia de la que nos enteramos, gracias a la buena voluntad del Departamento de Defensa estadounidense.

En un país plagado de corrupción, con un Producto Interno Bruto de 12,000 millones de dólares e índices de desarrollo entre los más bajos del mundo, esto podría convertirse en otro caso de maldición .

Estados Unidos, como principal potencia ocupante y posiblemente beneficiaria de la situación, debe comportarse con mesura y responsabilidad.

Nunca como hoy, el futuro de Afganistán ha estado en manos de los estadounidenses y un Afganistán próspero sería una de las mejores noticias que se podrían tener en el marco de la guerra contra el fundamentalismo talibán. Si el gobierno del presidente Barack Obama no asesora adecuadamente al afgano, el riesgo es, por supuesto, que reviva el empuje de los talibanes para controlar territorialmente aquellos lugares en donde se encuentran los depósitos minerales con consecuencias trágicas para la población civil y el desarrollo del país.

El otro riesgo latente es que siguiendo la línea de los teóricos de la maldición de los recursos , el control por éstos agudice la crisis institucional que desde el 2001 no puede dejar atrás el gobierno del presidente Hamid Karzai, acusado en repetidas ocasiones de actos de corrupción. La historia nos suena trágicamente familiar ¿cierto?

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