En el advenimiento del 10 de mayo, analizamos las implicaciones del rol de la figura materna en la alimentación del núcleo familiar.

Evidentemente, el acto de alimentarse en todos nosotros comienza con una dependencia total al hecho de ser alimentados por alguien más, en la gran mayoría de los casos, el ser alimentado por nuestra madre. La comodidad y satisfacción que tiene un bebé después de alimentarse de su madre crea un vínculo que ha sido estudiado por psicólogos y sociólogos desde hace mucho tiempo.

¿Cómo no asociar la comida con emociones y/o sentimientos, si desde que nacemos y a temprana edad, es la forma en la que se nos transmite bienestar? Es una invariante cultural, en casi todo el mundo, que la madre sea asociada a la figura primaria de satisfacción de las necesidades de los recién nacidos, en parte por su capacidad de producir desde su propio cuerpo el alimento ideal para los lactantes. Incluso, a veces, se crean tantos mitos que se dan como hechos científicos alrededor de la alimentación materna, que se necesitan contra argumentos de orden antropológico, para combatirlos. Por ejemplo, uno de los argumentos en contra de la ingestión de leche de vaca es que el hombre es el único mamífero que toma leche de otra especie. Esto es falso, porque las mujeres bishnois, de la India, amamantan a sus hijos y también a las gacelas bebés, en una doctrina de vida que incluye el respeto y la preservación de las especies animales. Sin embargo, alrededor de este hecho que podemos calificar de biológico, los antropólogos han estudiado alrededor del mundo cuáles son los componentes culturales que determinan que la alimentación materna tenga un peso que se alarga durante casi toda la vida.

Pensemos por ejemplo, en el peso que se le da a la figura materna desde nuestra idiosincrasia mexicana, ya lo señalaba Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: el papel de la madre en México está lleno de mitificaciones que la elevan y la sobajan al mismo tiempo. En la mayoría de los hogares mexicanos, una mujer es la encargada de la alimentación familiar, o de la unidad doméstica: ya sea la esposa, mamá, hija o en el caso de hombres que viven solos, la señora que auxilia con el aseo. Esta repartición del trabajo, según algunos antropólogos, ya no obedece a una cuestión biológica, sino cultural: seguimos siendo en esencia sociedades patriarcales.

Imagine por ejemplo, la comida de la mamá. La comida que prepara la madre, para muchas personas, es algo así como El Dorado de la infancia: un lugar mítico, lleno de placer y felicidad, al que nunca más se podrá acceder porque, comida como la de la madre sólo hay una. En muchas instancias, resulta reconfortante tener estas referencias culinarias, pero en algunas muchas otras, puede causar daño y tensión en las relaciones que se establecen con las cocinas post cocina materna.

Es un hecho que la alimentación familiar determina en gran medida nuestros gustos, prácticas y anclajes emocionales alrededor de la comida. Sin embargo, en la época contemporánea en la que además de ser madres las mujeres nos desarrollamos en una multiplicidad de frentes, resulta anacrónico que la responsabilidad primordial de la alimentación familiar recaiga sobre ellas. Cuando se ve a un niño mal alimentado, inmediatamente se piensa en la culpa de la madre, pero no del padre. Es un lugar común también, que muchos programas alimentarios vayan dirigidos hacia las madres, lo que no hace más que perpetuar estos roles. Y ni hablar de todas las mediatizaciones sobre madres que logran trabajar y tener hijos al mismo tiempo. Esto tendría que ser una hazaña si partiéramos del principio de responsabilidad compartida con los padres. Cuando estas responsabilidades sean compartidas, es cuando podremos avanzar también como sociedad en el bienestar alimentario de las familias.

Twitter: @Lillie_ML