En las últimas décadas los discursos sobre la reputación del azúcar ya no parecen cuestionar su reputación maligna que parece quedar de antemano establecida, sino la multiplicidad de moralismos sobre la cuestión de comer o no comer azúcar.

En 1964 una canción del clásico de Disney, Mary Poppins, decía algo como que la peor medicina con azúcar pasará, lo amargo quitará y rica les sabrá .

Hoy a 53 años de su estreno, la letra de la canción infantil bien podría hacer que muchas personas rasgaran sus vestiduras, ya que puede resultar incorrecta y llevar a los niños por el mal camino, ese del azúcar, el supuesto culpable de todos los males de hoy día.

A la multiplicidad de los discursos médicos, se añade también la multiplicidad de mensajes que los medios de comunicación replican, reformulan y difunden en relación con la reputación del azúcar. Reiteradas veces en este espacio hemos señalado la dificultad no sólo metodológica, sino epistemológica, que representa la producción de conocimientos científicos. Aunado a esto, existe una agenda de la investigación que está moldeada por factores económicos, políticos y sociales que rigen una época. Esa cuasiobsesión con el azúcar ha dado un fenómeno que comprueba un poco en cierta medida las hipótesis que planteaba el filósofo francés Michel Foucault en relación con el poder de la medicina en la época contemporánea. El discurso médico en muchas ocasiones cae en la tentación de moldear de manera moralista muchas de las dimensiones de nuestra vida cotidiana, a la usanza de lo que alguna vez fue el poder que ostentaba el binomio religión–Iglesia.

Y es que sobre este tema hoy en día todos estamos más o menos sensibilizados sobre qué enfermedades son las que están relacionadas con un alto consumo de azúcar. El sociólogo Claude Fischler recabó los discursos acerca del azúcar que iba encontrando por la prensa. En la década de los 80 existía un discurso ambivalente acerca del azúcar. Todo parecía indicar que mientras el azúcar fuera consumido en un contexto social, no había tal estigmatización sobre su consumo, sobre todo en ocasiones rituales como los festejos de cumpleaños, inherentes a la presencia de un pastel, o a regalar dulces en ciertas festividades. Donde el consumo se condenaba era en una ingestión individual.

De manera empírica, empiezo a vislumbrar una tendencia del discurso sobre el azúcar a compararlo con una droga peligrosa, sobre todo por la señalización de que activa mecanismos similares a nivel neuronal que los que despierta la cocaína. Lo curioso de cómo se originó esta línea de investigación es que en 1979 un pediatra francés había dado declaraciones a los medios de cómo los dulces en las guarderías podrían dar origen a una toxicomanía. El pediatra hablaba de manera retórica, pero esas declaraciones fueron reproducidas por medios de todo el mundo, que dieron origen a la línea de investigación sobre los efectos adictivos del azúcar.

Caso contrario, en los años 70 se tenía la hipótesis de que las hipoglucemias poco azúcar en la sangre hacían que los delincuentes perpetraran los crímenes. Esta hipótesis resultaba muy biologicista para explicar fenómenos sociales, por lo que fue rápidamente descartada.

Es evidente que un consumo desmedido de azúcar puede tener consecuencias directas sobre nuestra calidad de vida. Lo que no es tan evidente es que a veces los discursos de tono moralista pretenden hacer ver un riesgo de manera muy latente para que las personas se concienticen sobre estos riesgos. Y lo que resulta aún menos evidente es que debemos replantearnos que tal vez la construcción de hábitos saludables no viene de la estigmatización, sino de una verdadera educación y fomento de hábitos desde temprana edad para toda la vida.