La pandemia de Covid-19 ha puesto de relieve la importancia de las cadenas de valor globales para la economía mundial, así como para las perspectivas de crecimiento de los países de ingresos bajos y medios. Pero la crisis también ha puesto de relieve el papel que pueden desempeñar las cadenas de valor mundiales en la aceleración de la transición neta cero.

BEIJING – Atascos portuarios, largas demoras marítimas y costos de transporte siderales son prueba de los estragos que la Covid-19 sigue haciendo en las cadenas globales de valor (CGV). Las empresas están reconsiderando la ubicación (o reubicación) de la producción, cuánta redundancia necesitan (o no) sus operaciones y los inventarios que deben mantener como protección contra perturbaciones futuras.

Los efectos repercuten en toda la economía global, suman incertidumbres y frenan la recuperación. Además, mientras las autoridades se reúnen en Glasgow para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26), hay cada vez más presión en el sentido de descarbonizar la producción y el transporte en toda la extensión de las cadenas globales de valor.

La velocidad del proceso es muy importante. Las CGV suponen la mitad del total mundial de exportaciones, y la participación de las economías emergentes y en desarrollo en estas redes de producción aumentó considerablemente desde la crisis financiera global del 2008. Por ejemplo, una economía de ingresos bajos o medios ya no necesita producir un automóvil entero para formar parte de la cadena automotriz internacional; le basta especializarse en un pequeño componente.

En este contexto, un informe reciente del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura examina el impacto de la pandemia en las CGV y muestra de qué manera pueden convertirse en herramientas para alcanzar el objetivo fijado por el Acuerdo de París sobre el clima (2015) de limitar el calentamiento global a no más de 1.5 ° Celsius respecto de los niveles preindustriales.

El ejemplo de crisis anteriores que provocaron interrupciones importantes en cadenas de suministro clave (por ejemplo, el terremoto de Chichi en 1999 y el desastre nuclear de Fukushima en 2011) apunta a que fuertes presiones en el sentido de la eficiencia y una alta dependencia de la confianza personal en las relaciones con los proveedores favorecerán un regreso a la situación prepandemia. De imponerse esa pauta, los trastornos causados por la pandemia en las CGV resultarán transitorios y se resolverán conforme el mundo recupere la normalidad.

Pero esta vez puede ser diferente, porque el Covid-19 tuvo un efecto mucho más amplio sobre el sistema económico mundial y duró mucho más que la mayoría de las perturbaciones anteriores. El impacto actual de la pandemia no se debe tanto a las medidas de confinamiento iniciales tomadas en China a principios de 2020 (de las que la economía china y las CGV se recuperaron con una rapidez notable) cuanto del veloz aumento de la demanda impulsado por enormes paquetes de estímulo de los gobiernos y la liberación de ahorros acumulados. Y el hecho de que la apertura de las economías no haya sido simultánea también contribuyó a agravar los problemas de suministro.

Determinar el efecto de la crisis del Covid-19 sobre las CGV puede llevar años. Es posible que la pandemia lleve a una reconsideración fundamental de la organización de las CGV y de la ubicación de los sitios de producción.

La palabra de moda en esta discusión es resiliencia, o sea, la capacidad de recuperarse después de perturbaciones. Al mismo tiempo, consideraciones geopolíticas generan presión en el sentido de que las economías reduzcan la dependencia del suministro de países individuales (y en importantes industrias tecnológicas de avanzada ya hay un desacople en marcha).

Las últimas alzas de precio de la energía son un recordatorio de la magnitud del desafío que enfrentan las CGV en momentos en que el mundo busca acelerar la transición a la emisión neta nula de dióxido de carbono. En un contexto de dispersión geográfica de la producción en el que productos intermedios van y vienen atravesando fronteras y grandes distancias, la presión por descarbonizar las CGV es cada vez mayor. Además, las economías emergentes y en desarrollo también tienen que cumplir sus “contribuciones determinadas a nivel nacional” conforme al Acuerdo de París.

Pero el impulso a la descarbonización de las CGV también es una gran oportunidad para acelerar la transición a la emisión neta nula. Como las redes de producción dependen de la capacidad de sus empresas líderes para aumentar la eficiencia en toda la cadena de suministro, esas empresas pueden tener un importante papel en la promoción internacional y multisectorial de la agenda de descarbonización. Muchas de ellas ya se han comprometido a alcanzar la neutralidad de carbono en 2050, y los bancos centrales están presionando a los acreedores de esas empresas para que reduzcan el riesgo climático en sus carteras.

Asimismo, los países que quieran atraer y retener inversiones en las CGV tendrán un incentivo adicional para ofrecer infraestructuras verdes, incluido el acceso a fuentes de energía renovables, sistemas de transporte multimodales no contaminantes y conexión a Internet de banda ancha a alta velocidad.

De este modo, la descarbonización puede convertirse en una ventaja competitiva para economías emergentes y en desarrollo que quieran integrarse a los sistemas globales de producción y cumplir sus compromisos conforme al Acuerdo de París. Y ese interés adicional de los gobiernos puede a su vez alentar a las empresas líderes de las CGV a participar en proyectos conjuntos de inversión en descarbonización.

Para hacer realidad todo el potencial de este círculo virtuoso de presiones de descarbonización sobre las empresas líderes y los países anfitriones, hay que aumentar la transparencia y la trazabilidad en todos los niveles de producción y en todos los aspectos de la cadena de valor. Sin una medición precisa de las huellas de carbono y una implementación coherente de las normas internacionales, las fuerzas de mercado y los reguladores no pueden cumplir su función vital.

Los bancos multilaterales de desarrollo pueden facilitar inversiones sostenibles en toda la extensión de las cadenas de valor, que incorporen lo mejor en tecnologías y estándares y al mismo tiempo garanticen la transparencia y la trazabilidad respecto de las emisiones de CO2. También pueden ayudar a los inversores privados a controlar el riesgo regulatorio, que a menudo desalienta la inversión en infraestructura. Sin capital privado e institucional, las economías emergentes y en desarrollo no resolverán la brecha de infraestructura que las separa de los países desarrollados.

La pandemia puso de manifiesto la importancia de las CGV para la economía mundial, sobre todo porque ayudó a las economías emergentes y en desarrollo a subir por la escala de valor agregado y reducir la brecha de prosperidad. Pero la crisis también trajo a primer plano el papel que pueden tener las CGV en acelerar la transición internacional y multisectorial a la emisión neta nula.

Como la dirigencia internacional reunida en Glasgow bien sabe, ninguna herramienta está de más a la hora de buscar un futuro sostenible.

El autor

Erik Berglöf es economista en jefe del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura

Traducción:

Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020

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