Nueva York.- El presidente afgano Ashraf Ghani ha huido del país. Su gobierno se derrumbó cuando los combatientes talibanes entraron en Kabul, durante el fin de semana, trayendo a la memoria recuerdos de la ignominiosa caída de Saigón, en 1975. Dos décadas de presencia militar estadounidense en Afganistán se han desvanecido en cuestión de semanas. ¿Cómo se llegó a esto?

Hay guerras por necesidad, incluida la Segunda Guerra Mundial y la Guerra del Golfo, de 1990-91. Se trata de guerras en las que se emplea la fuerza militar porque se considera que es la mejor y, a menudo, única forma de proteger intereses nacionales vitales. También hay guerras de elección, como las guerras de Vietnam e Irak de 2003, en las que un país entra en guerra a pesar de que los intereses en juego son menos que vitales y hay herramientas no militares que pueden emplearse.

Ahora, al parecer, también hay elección de retiro, cuando un gobierno retira tropas que podría haber mantenido en un teatro de operaciones. No retira tropas porque su misión se haya cumplido o su presencia se haya vuelto insostenible, o porque ya no sean bien recibidos por el gobierno anfitrión. Ninguna de estas condiciones correspondía a la situación en que Estados Unidos se encontraba en Afganistán al comienzo de la administración del presidente Joe Biden. La retirada fue una elección y, como suele ocurrir en las guerras de elección, los resultados prometen ser trágicos.

Las tropas estadounidenses fueron por primera vez a Afganistán hace 20 años para luchar junto a tribus afganas que buscaban derrocar al gobierno talibán que albergaba a Al-Qaeda, el grupo terrorista responsable de los ataques del 11 de septiembre de 2001 que mataron a casi 3,000 personas en Estados Unidos. Los talibanes pronto se dispersaron en la huida, aunque muchos de sus líderes escaparon a Pakistán, donde con el tiempo se reorganizaron y reanudaron la lucha contra el gobierno afgano.

El número de tropas de EU aumentó a lo largo de los años; en un momento durante la presidencia de Barack Obama a más de 110,000 efectivos -a medida que se expandían las ambiciones de Estados Unidos en Afganistán-. El costo fue enorme: un estimado de 2 billones de dólares y cerca de 2,500 vidas estadounidenses, más de 1,100 vidas de sus socios de la coalición, así como hasta 70,000 bajas militares afganas y casi 50,000 muertes de civiles.

Sin embargo, los resultados fueron modestos: mientras un gobierno afgano electo (único en la historia del país) controlaba las grandes ciudades, su control del poder seguía siendo débil y los talibanes recuperaron el control sobre muchas ciudades y pueblos más pequeños.

La intervención de Estados Unidos en Afganistán fue un caso clásico de extralimitación, una guerra determinada por la necesidad, iniciada en 2001 que se transformó a lo largo de los años en una costosa guerra de elección. Pero cuando Biden asumió la presidencia, la extralimitación era cosa del pasado. Los niveles de tropas estadounidenses se redujeron a alrededor de 3,000; su papel se limitaba en gran medida a entrenar, asesorar y apoyar a las fuerzas afganas. No había habido una muerte estadounidense en combate en Afganistán desde febrero de 2020.

La modesta presencia estadounidense fue tanto un ancla para unos 8,500 soldados de países aliados como un respaldo militar y psicológico para el gobierno afgano.

En Estados Unidos, Afganistán se había desvanecido en gran medida como un problema. Los estadounidenses no votaron en las elecciones presidenciales de 2020 con ese país en la mente ni marcharon en las calles protestando por la política estadounidense allí. Después de 20 años, Estados Unidos había alcanzado un nivel de participación limitada acorde con lo que estaba en juego. Su presencia no conduciría a la victoria militar ni a la paz, pero evitaría el colapso de un gobierno que, por imperfecto que fuera, era preferible a la alternativa que ahora está tomando el poder. A veces, lo que importa en política exterior no es lo que puede lograr, sino lo que puede evitar. Afganistán había sido un caso de esa naturaleza.

Pero esa no es la actual política de Estados Unidos. Biden estaba trabajando a partir de un guión -heredado de la administración de Donald Trump, la cual en febrero de 2020 firmó un acuerdo con los talibanes (eliminando al gobierno de Afganistán en el proceso)- que fijó una fecha límite de mayo de 2021 para la retirada de las tropas de combate estadounidenses. El acuerdo no obligaba a los talibanes a desarmarse o comprometerse con un alto el fuego, sino solo a aceptar no albergar grupos terroristas en territorio afgano. No fue un acuerdo de paz, sino un pacto que proporcionó una hoja de parra, y muy delgada, para la retirada estadounidense.

La administración Biden ha cumplido este acuerdo profundamente defectuoso en todos los sentidos menos en uno: el plazo para la retirada militar total de Estados Unidos se amplió en poco más de tres meses. Biden rechazó cualquier política que hubiera vinculado la retirada de las tropas estadounidenses a las condiciones sobre el terreno o acciones adicionales de los talibanes. En cambio, temiendo un escenario en el que las condiciones de seguridad se deterioraron y crearon presión para dar el paso políticamente impopular de redistribuir las tropas, Biden simplemente eliminó todas las fuerzas estadounidenses.

Como se pronosticó ampliamente, el impulso se trasladó drásticamente a los talibanes y se alejó del desanimado gobierno afgano después de la anunciada (y ahora real) salida militar de Estados Unidos. Con los talibanes tomando el control de todo el país, las represalias generalizadas, la dura represión contra mujeres y niñas, y los flujos masivos de refugiados son casi una certeza. Evitar que los grupos terroristas regresen al país resultará mucho más difícil sin una presencia en el país.

Con el tiempo, existe el peligro adicional de que los talibanes busquen extender su mandato a gran parte de Pakistán. Si es así, sería difícil pasar por alto la ironía, ya que fue la provisión de un santuario por parte de Pakistán a los talibanes durante tantos años lo que le permitió hacer la guerra. Ahora, en una versión moderna de Frankenstein, es posible que Afganistán se convierta en un santuario para llevar la guerra a Pakistán, potencialmente un escenario de pesadilla, dada la fragilidad, la gran población, el arsenal nuclear y la historia de guerra de Pakistán con India.

Es posible que la retirada estadounidense apresurada y mal planificada ni siquiera proporcione tiempo suficiente para evacuar a los afganos ahora vulnerables que trabajaron con los gobiernos de Estados Unidos y Afganistán. Más allá de las consecuencias locales, las sombrías secuelas del fracaso estratégico y moral de Estados Unidos reforzarán las preguntas sobre la confiabilidad de Estados Unidos entre amigos y enemigos de todas partes.

Recientemente se le preguntó a Biden si lamentaba su decisión de retirar todas las tropas estadounidenses de Afganistán y él respondió que no. Debería.

El autor

Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, anteriormente se desempeñó como director de Planificación de Políticas para el Departamento de Estado de EU (2001-2003) y fue enviado especial del presidente George W. Bush a Irlanda del Norte y Coordinador para el futuro de Afganistán. Es autor, más recientemente, de The World: A Brief Introduction (Penguin Press, 2020).

Copyright: Project Syndicate, 2020

www.projectsyndicate.org