La respuesta es inmediata: no a todos los ciudadanos les importa igual y, aún entre aquellos a los que les preocupa, hay diferencias de forma y de fondo. En materia ambiental y combate al cambio climático, la opinión de quienes votan en la democracia más importante del mundo es relevante porque, las tendencias sociales y políticas que ahí cristalicen, acabarán ocurriendo en muchas otras partes del mundo. Sin Estados Unidos impulsando decisivamente estos temas, la agenda internacional medioambiental enfrentaría (como lo hizo durante la administración de Donald Trump) un camino cuesta arriba.

Este año es de elecciones intermedias y las cosas no parecen pintar bien para el partido del presidente Joe Biden.

Actualmente, el control del Congreso depende de unos pocos legisladores que le dan la mayoría al partido demócrata y los distritos que pueden decidir el balance de poder en noviembre próximo son altamente competidos, con opiniones divididas sobre el cambio climático, la regulación de las emisiones de carbono, los impuestos verdes, los incentivos a la industria de vehículos eléctricos entre muchos otros. Aún con un demócrata en la Casa Blanca, el margen de acción en materia climática de Estados Unidos se vería limitado sin la cooperación de la rama legislativa.

Con base en datos del programa de comunicación del cambio climático de la Universidad de Yale, desagregados al nivel de los 435 distritos electorales federales, fue posible modelar las preferencias electorales de la ciudadanía estadounidense respecto de temas ambientales. Los resultados son fascinantes: los distritos ganados por demócratas (azules) se correlacionan fuertemente con el reconocimiento de que el cambio climático es causado por la acción humana (no hay sorpresa ahí) y los ganados por republicanos (rojos) tienden a negar la existencia del fenómeno ambiental por completo. Sin embargo, hay un grupo nutrido de distritos “morados”, altamente competidos, que tienen opiniones mixtas sobre los impuestos a las emisiones de dióxido de carbono, los subsidios a energías limpias y la extracción de petróleo. Este último tema es particularmente llamativo porque, mientras una mayoría sólida de personas en ambos partidos está en contra de perforar pozos petroleros en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico (que es tierra federal, no del estado de Alaska) el consenso es mucho menos claro en el caso de nuevos pozos en aguas profundas en las costas (ya nadie recuerda el incidente Deepwater Horizon). Aquí se enfrentan el idealismo ambientalista con las imperativas económicas de las y los ciudadanos encuestados, las tensiones internacionales recientes han fortalecidos a estas últimas.

Hay casos extremos, como el distrito 14 de Georgia, que es justamente uno de los más conservadores en el país y cuya representante es la polémica Marjorie Taylor Greene. No sorprende que la mayoría de sus ciudadanos favorezca la perforación petrolera en toda circunstancia y que esté en contra de cualquier acción presidencial para combatir el calentamiento global.

También hay casos atípicos, de esos que desafían las tendencias. Se trata del distrito 27 de Florida que circunscribe una parte importante del condado de Miami – Dade y el 11 de Nueva York que abarca Staten Island. Ambos son representados por republicanos, pero sus residentes exhiben un fuerte apoyo a las políticas medioambientales del gobierno federal. Las dos zonas geográficas fueron golpeadas por fenómenos climáticos durante los últimos diez años, hecho que explica esta peculiaridad estadística y atisba la esperanza para la despolitización del tema ambiental.

Un dato para ser optimistas: sin importar la preferencia partidista, más de la mitad de la ciudadanía reconoce la realidad del cambio climático. ¿El problema? El consenso aún no llega a todas las esquinas del mapa político.