AMLO produce un boom en la confianza de los consumidores mexicanos, dice la encuesta del Inegi pero no entusiasma a los empresarios, más bien los deja en modo avión. ¿Quién tiene razón? Pasará un buen rato hasta que sepamos dónde estuvo la sapiencia, en el optimismo de los consumidores o en la frialdad de los empresarios. 

Empecemos por decir que el consumo representa 60% del PIB en México y es el principal determinante del desempeño económico en el corto plazo. Cuando los consumidores están optimistas, son un motor que mueve la economía. Un sentimiento pesimista de los consumidores se convierte en un lastre para la actividad económica: los negocios venden menos, los bancos colocan menos créditos y el gobierno batalla más para recaudar. 

En julio, el índice de confianza del consumidor registró un incremento de 18%, el mayor del que se tiene registro. Imposible minimizar el impacto que tuvo lo que ocurrió en el escenario político: hubo un contagio de euforia desde la política hacia las expectativas del consumidor. En agosto y septiembre el jolgorio perdió fuerza, pero en octubre volvió a subir. En el décimo mes del año, el índice se encuentra en un nivel significativamente más alto del que tenía en octubre del año pasado, 101.4 frente a 87.1 puntos. 

Los consumidores mexicanos están optimistas y manifiestan su estado de ánimo, cuando son cuestionados respecto a cómo esperan que la economía nacional se desempeñe en el próximo año: son mayoría los que creen que estará mejor que en 2018; cómo será su situación económica personal: predominan los que confían en que habrá una mejora, y piensan comprar un bien de consumo duradero, por ejemplo un refrigerador o una TV.

Los consumidores cuentan mucho en el desempeño económico, pero no son los únicos que ponen su estado de ánimo en esa extraña báscula que es el PIB. Para completar el rompecabezas, tenemos a los empresarios que deciden sobre las inversiones, niveles de producción y contrataciones de personal y al sector financiero que abre o cierran la llave del crédito y las inversiones en cartera (bolsa y bonos de gobierno, por ejemplo).

Si las expectativas de los consumidores son el motor principal de la economía en el corto plazo, el estado de ánimo de los empresarios determina en gran medida el desempeño de la economía en el mediano y largo plazo. Sus inversiones de ahora definen el nivel de producción de los próximos meses, ofrecen pistas sobre cuánto personal requerirán y cuantos insumos o servicios contratarán de sus proveedores. 

¿Cómo andan las expectativas empresariales? Pueden leer las declaraciones de los dirigentes, pero también analicen la encuesta de expectativas empresariales del Inegi. Las gráficas no se parecen a las de los consumidores. Tenemos tres líneas, que reflejan sector manufacturero, construcción y comercio. El punto más alto de los últimos dos años fue en marzo del 2018, cuando predominaba el optimismo por la conclusión exitosa del TLC. Todos subieron en julio, pero no tanto para hablar de una fiesta. Todos caen en octubre, aunque no hay un desplome. Vale aclarar que la encuesta se realizó antes de los resultados de la consulta del aeropuerto.

Consumidores optimistas traerán impulso en el corto plazo. Empresarios cautelosos meterán freno en el mediano y largo plazo. ¿Qué predominará? El fiel de la balanza está en manos del gobierno y de la coyuntura internacional. El cielo está cargado.

Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.

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