Hacia la mitad del año pasado, en plena euforia por el avance de las reformas estructurales, reinaba en el ambiente un optimismo.

Probablemente las dudas no eran cómo hacer para cubrir el presupuesto que el gobierno venía proyectando desde meses atrás, sino cómo distribuir los recursos que alegremente ya se veían en la alforja del erario.

Sucesos políticos y -sobre todo- económicos provocaron un giro radical y en un lapso muy corto colocaron al país en una situación menos sólida, con mayor exposición al riesgo, un tipo de cambio debilitado y, lo más grave, una caída en los precios del petróleo que llegó como un tsunami -y como siempre sucede, pocos o casi ninguno le vio llegar- que no termina de causar estragos.

¿En qué momento y cómo ocurrió todo? Llevamos meses discutiendo si el origen de los males que nos aquejan está en factores fuera de control y alcance del gobierno, los sectores productivos y la sociedad -en el caso de los sucesos geopolíticos que han derivado en el descenso de los precios internacionales del crudo-, si el desdén o la complicidad de gobiernos y partidos propició una crisis social que resultó en el descontento social que agobia hoy a buena parte del país, si errores de gestión o actitudes del presidente hicieron caer el velo del optimismo desbordado.

Uno a uno, cada suceso fue inclinando la balanza hasta llegar a la pregunta: ¿qué hacer para recuperar el estado de las cosas, el equilibrio, los ingresos, el ritmo de crecimiento y la concordia?

Hoy la polémica no es si afecta o no, sino de qué tamaño será el impacto y cómo serán subsanados los recursos que dejarán de fluir por la debacle en el mercado petrolero.

Por más eufemismos o explicaciones que se enarbolen para mitigar o agudizar la percepción sobre el porvenir económico y social del país, la realidad es que los recursos serán menos y si echamos mano de las reservas, como seguramente se hará, eso también implica planear cómo recuperarlas.

Aun en medio de la tormenta, el capitán sigue sus radares, pero quizá valga la pena echar mano de mapas y sextante; hay que tener certeza del momento propicio para desplegar de nuevo las velas, recuperar el rumbo trazado para el país y llevar el barco a buen puerto.

hugo.valenzuela@eleconomista.mx