Eran poco más de las 22:30 horas del 2 de julio del 2000. El congestionamiento vial en la Ciudad de México era descomunal. En el Paseo de la Reforma, al menos 1 millón de personas celebraba con enorme entusiasmo la victoria de Vicente Fox Quesada, quien ese día se convirtió en presidente de la República. Parecía como si la Selección Mexicana de Futbol hubiese ganado el campeonato mundial.

Era difícil dar crédito a lo que había sucedido. Aquel hombre que daba muestras permanentes de mala educación y que se autoproclamó candidato a la Presidencia desde 1997, sin el consentimiento de la dirigencia de su partido; aquel personaje del discurso disparatado, cuya consigna era sacar al PRI de Los Pinos, logró seducir a la mayoría de los votantes mexicanos. En lo personal, la llegada de Fox a la vida política del país siempre me pareció un mal chiste.

El paso de los años diluyó gradualmente aquel sueño. Al final de su sexenio, únicamente quedó la frustración de un pueblo hipnotizado por el canto de las sirenas, de las tepocatas, de las alimañas y de las víboras prietas.

Después de ser presidente, el seductor regresó a la vida cotidiana. Actualmente viaja en primera clase, en vuelos comerciales. El domingo pasado, mientras se trasladaba a Houston, fue increpado por una mujer que le dijo que el Peje le iba a quitar su pensión y que había robado muchísimo a México, para finalizar llamándole maldito.

El video que exhibe este vergonzoso suceso se difundió a través de redes sociales. Presuntamente, el acompañante de la mujer se preparó para grabar lo que iba a suceder. Fue un acto premeditado y, aunque refleja el legítimo sentir de la gente, también muestra la intolerancia y falta de respeto que se ha instalado en el ánimo colectivo.

Nuevamente muchos mexicanos vemos con incredulidad lo que sucede. Una vez más el clamor ciudadano exige un cambio; el precio es lo de menos. Pero en esta ocasión el desprecio y la ira invaden a los electores.

Otra vez escuchamos un discurso absurdo, plagado de disparates, pero peligroso. La carga de odio que Andrés Manuel López Obrador ha sembrado en México durante 18 años ha permeado con tal fuerza entre sus seguidores, que viven convencidos de que nada bueno ha sucedido en este país; lo sostienen con un radicalismo que se expresa permanentemente en las redes sociales y que ahora llega a la calle para expresarse con agresión. El tigre está rugiendo.

Vicente Fox en el año 2000 enfrentó al PRI. Nunca fue irrespetuoso con nadie más. En cambio, se hizo amigo de empresarios, dirigentes sindicales, líderes de opinión, de la sociedad civil y en general de todo mundo. El candidato de Morena es lo contrario: vocifera y agrede. Por ello, un sector importante del pueblo no simpatizamos con él (60% de los mexicanos, de hecho). Pero esta apatía aún no se refleja en las encuestas; las ha liderado permanentemente.

Todos deseamos que nos vaya bien como nación. Todavía pueden suceder muchas cosas que den un giro a la situación. Lo más sensato es que el mejor candidato gane la elección (evidentemente no es el tabasqueño). Pero en el caso de que el candidato de Juntos Haremos Historia llegue a ser presidente de la República, está anunciado que nuestra decepción sería mayor a la del sexenio 2000-2006.

Ernesto Millán

Columnista

Molinos de Viento