Buscar
Opinión

Lectura 4:00 min

El regreso del PRI

El pasado lunes 16 de febrero, El Economista publicó la encuesta de preferencias electorales de los partidos políticos para la elección de diputados federales a elegirse el próximo 5 de julio, elaborada por Consulta Mitofsky. De acuerdo con la misma, 33% de los electores votaría por el PRI, 25.8% por el PAN y 11.7% por el PRD. El 25% no declaró. Las cifras anteriores demuestran que el PRI está de regreso y con posibilidades de obtener en el 2009 mayoría absoluta en el Congreso y eventualmente, la Presidencia de la República en el 2012. ¿Cómo explicar este fenómeno, cuando en el 2000 el PRI fue sacado de los Pinos acusado por los electores de corrupto y autoritario? Más aún, ¿sería el retorno del PRI a la Presidencia una regresión de la democracia?

Los estudiosos de las transiciones a la democracia explican este fenómeno de regreso al poder de líderes o partidos políticos que gobernaron durante una época autoritaria como un fenómeno de desencanto democrático o de nostalgia autoritaria . En democracia las cosas lucen caóticas, sin rumbo definido, con una pluralidad de partidos que parecen más preocupados en estorbar al contrario y en promover sus intereses de grupo, que en representar a los de la sociedad. Los cambios de política se dan en forma incremental y no radical, lo cual a veces desespera, máxime cuando las necesidades son apremiantes. Además, en situaciones como la que actualmente vive México, de crisis económica y de inseguridad, la desmemoria conspira contra la realidad. Los electores tienden a mitificar un pasado de crecimiento, desarrollo, orden y tranquilidad, que quizás no fue tan real.

Ahora bien, el regreso del PRI, de darse, no sería el regreso al autoritarismo presidencialista. Esa modalidad autócrata estaba caracterizada por la existencia de un régimen de concentración de poderes en la figura del Presidente. El Primer Mandatario controlaba no sólo al Poder Ejecutivo, sino también al Legislativo y al Judicial. Al primero lo dominaba a través del PRI y de la inexistencia de la reelección legislativa; al segundo, a través de la designación y remoción directa de magistrados y ministros. A través del partido tricolor, el Presidente también determinaba quién era Gobernador. Por otra parte, las elecciones eran organizadas por la Secretaría de Gobernación. La economía se manejaba desde los Pinos. La prensa no era libre, vivía por y para el poder. En fin, que la Presidencia dominaba todos los centros del poder.

Hoy en día, el poder se ha dispersado y resulta imposible su concentración nuevamente en una persona. El PRI ya no es, ni podrá ser, partido hegemónico en una sociedad plural. La conformación del Poder Legislativo es reflejo del peso político de los tres principales partidos.

Las designaciones de los miembros del Poder Judicial pasan por el voto del Legislativo.

Los gobernadores provienen de distintos partidos y no deben su posición al Presidente.

Las elecciones están en manos de un organismo independiente del Ejecutivo. La autonomía del banco central y la integración económica de México al mundo hacen imposible que la economía pueda volverse a manejar discrecionalmente por un individuo. En la época de la tecnología, no hay cómo controlar a la prensa.

Además, al perder la Presidencia, y ante la necesidad de permanecer unidos para sobrevivir, los priístas han hecho de su partido un ente electoralmente competitivo y hasta democrático. Sus decisiones internas no dependen ya de la voluntad presidencial y sus candidatos son elegidos mediante métodos democráticos.

Todavía falta mucho para el 2012, pero si las cosas siguen como van, pudiera regresar el PRI a la Presidencia, alternancia que, paradojas de la vida, pudiera hasta fortalecer la democracia, al demostrar su eficacia.

*El autor es maestro en Políticas por la London School of Economics.

enriquediaz_infante@hotmail.com

Únete infórmate descubre

Suscríbete a nuestros
Newsletters

Ve a nuestros Newslettersregístrate aquí
tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete