El fin de semana pasado, no sin sorpresa me percaté de que al comenzar la segunda década del siglo XXI perduran en la humanidad reminiscencias de la Edad Media. Digamos que vivimos una especie de Edad Media Global, donde persisten las monarquías y el Papado.

El fin de semana pasado, no sin sorpresa me percaté de que al comenzar la segunda década del siglo XXI perduran en la humanidad reminiscencias de la Edad Media. Digamos que vivimos una especie de Edad Media Global, donde persisten las monarquías y el Papado.

Estas instituciones, en mi concepto anticuadas y retrógradas, se exhibieron con fuerza a través de los modernos medios de comunicación captando la atención internacional. No es la primera vez que ambos organismos que han mantenido entre sí una fría relación a través de los siglos, coinciden -¿o compiten?- para decirle al mundo: aquí estamos vivitos y coleando. Obviamente me estoy refiriendo a la Monarquía Británica y al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, Su Santidad para los cuates.

También es evidente que la alusión tiene que ver con los magnos eventos llevados a cabo entre los pasados viernes, sábado o domingo -según el huso horario en el que hayan sido vistos- y que acapararon la curiosidad y el fanatismo de millones de televidentes e internautas en el planeta que habitamos al que, dicho sea de paso y aunque no venga al caso, a diario le damos en la madre: la boda del Príncipe William y Catherine Middleton, ahora Duquesa de Cambridge,­ y la beatificación de Juan Pablo II por su sucesor Benedicto XVI.

Sobre el primero de los shows de referencia, reiteraré algo que aquí he escrito: soy refractario a las Coronas -no incluye chelas-. La razón me impide aceptar que a estas alturas del devenir de la humanidad existan las monarquías que por constitucionales, parlamentarias o, inclusive, decorativas que sean, no dejan de ser una sangría económica para los países que las soportan aunque, más bien, como lo demuestra la reciente boda, las lucen y presumen.

Sé que el tema es cultural, sociológico e histórico, pero en mi cabeza no cabe la idea de la realeza, los soberanos dinásticos, la aristocracia, la nobleza de la sangre y demás zarandajas. Para mí los monarcas y su corte sólo son una caterva de zánganos de inconcebible existencia en el mundo actual.

En cuanto a la boda del Príncipe William con la plebeya Kate Middleton, hija de una azafata y un despachador de vuelos -ánimo desempleados de Mexicana busquen un buen partido para sus hijas-, me permitiré comentar que si las intenciones nupciales de ella son convertirse en la próxima Princesa Consorte del Reino Unido de Gran Bretaña, va a tener que esperar más que un enfermo que solicita consulta en el ISSSTE. Primero tendrá que morir doña Isabel II con 59 años en el trono y 82 de edad y que, según se pudo apreciar en la transmisión de la ceremonia, todavía tiene cuerda para rato. Al faltar la Reina accedería a la Corona su simpatiquísimo hijo Carlos -que aunque se ve mayor que su madre, obviamente es menor por 20 años-, Príncipe de Gales, padre de William, tal parece que lo pusieron a jugar polo sin aceite. Aun a través de la televisión su imagen despide un leve aroma a naftalina.

Así que paciencia Kate, sólo pídele a Dios que no se atraviesen los paparazzi en tu camino.

Por último, una pregunta digna de Armando Hoyos: ¿Si los mortales comunes y corrientes después de contraer nupcias nos vamos de Luna de Miel, los príncipes y las princesas se van de Luna de Jalea Real?

Autopista a la santidad

La Iglesia Católica ha establecido cuatro pasos en el proceso para ungir como Santo a un cristiano que sobresalió por el fulgor de sus virtudes : En la primera etapa el aspirante es declarado Siervo de Dios: un Obispo diocesano se convierte en el Postulador de la Causa, pide el inicio del procedimiento de canonización y presenta a la Santa Sede un informe sobre la vida y virtudes del sujeto. En el segundo paso el presunto Santo es declarado Venerable, con este título se reconoce que el personaje en cuestión vivió virtudes heroicas . Para cumplir con la tercera fase -la beatificación- se requiere de un milagro obtenido a través de la intercesión del Venerable Siervo de Dios y verificado después de su muerte. Si el candidato a beato es reconocido como mártir, el milagro no es indispensable. La Ceremonia de Beatificación puede efectuarse en el lugar de nacimiento de la persona a beatificar, en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro en el Vaticano. (El lugar es designado según el poder de convocatoria -imán de taquilla se diría en el showbiz- del beatificado). Por lo general, la beatificación la realiza el Papa, aunque en su representación puede ejecutarla un Cardenal. (Esta opción no es recomendable porque repercute negativamente en la autoestima del beato, que al ver que su nombramiento lo hizo un segundo de a bordo y no el mero jefe se deprime). Los beatos son dignos de veneración únicamente en su país de nacimiento. Por su calidad de Obispo de Roma -título adjunto a los de Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, Príncipe de los Obispos, Su Santidad para los cuates- el nuevo beato Juan Pablo II, en vía de mientras, antes de ser proclamado Santo, sólo podrá ser venerado en Italia y, por supuesto, en Polonia, su país de origen.

Ahora trataré de describir al lector -si no es que antes un rayo celestial parte por la mitad al sacrílego textoservidor- la serie de irregularidades y componendas que hay detrás de la beatificación del llamado Papa Viajero. (Un chiste de su época: ¿Cuál es la diferencia entre Dios y el Papa. En que Dios está en todas partes y el Papa ya estuvo).

La paquidérmica institución vaticana contempla en el Derecho Canónico que deben transcurrir cinco años entre la muerte de la persona y el inicio del proceso de su beatificación. Sólo se sabe de dos casos de excepción a esta regla: el de la Madre Teresa de Calcuta -verdadera Santa, amiga de los pobres-, cuya causa de beatificación fue iniciada dos años después de su muerte y el de Juan Pablo II -mediático y amigo de Pinochet- cuyo procedimiento beatificador fue ordenado por su sucesor a los 41 días de su muerte.

La decisión de Benedicto XVI de acelerar el caso de Juan Pablo II atrajo las críticas de católicos prominentes que argumentaron en contra de la beatificación el legado negativo de Karol Wojtyla: Su constate oposición a los avances de la ciencia y de la historia en lo relativo a la ética sexual. Su condena al uso del condón como medida de prevención en medio de la peor epidemia de SIDA.

También deja una sombra sobre su persona, la dura confirmación del celibato sacerdotal -a ovo- y su negativa a modificarlo o, cuando menos, a debatirlo. Se le reprocha su empecinado rechazo a considerar el papel de la mujer en la Iglesia. Su negativa a la ordenación de mujeres sacerdotisas y la reiteración del papel de subordinación de las mujeres creyentes.

Pero la nube gris, más difícil de disipar es su escandaloso encubrimiento a Marcial Maciel, el pederasta fundador de los Legionarios de Cristo. El Vaticano supo de los abusos de Maciel, pero prefirió protegerlo a perder los millones de dólares que el réprobo sacerdote lograba recaudar entre los ricos. Inclusive, la madre de Maciel -aunque usted no lo crea tuvo- llamada Mamá Maurita, gracias a los oficios de Juan Pablo II fue considerada Sierva del Señor, primer paso a la santificación.

El milagro que realizó Dios por medio de su Siervo Venerable y que una vez aprobado por la Congregación para la Causa de los Santos llevó a la beatificación a Karol Woj­tyla fue la curación inexplicable de la monja francesa Marie Simon Pierre, quien padecía desde el 2001 Parkinson. La enfermedad había hecho presa a sor Marie Simon de tal manera que ya sólo servía para tocar las maracas en el Coro del Convento y echarle azúcar a los churros en la cocina. Sin embargo, a partir del 14 de mayo, al otro día del anuncio papal sobre el comienzo del proceso de canonización del Papa polaco, las hermanas de la Congregación de la monja Pierre pidieron en oración la intercesión de Juan Pablo II para su curación. El 2 de junio, exactamente dos meses después de la muerte del hoy beato, la monja se sintió curada. (Ahora hasta maneja motoneta, una Vespa regalo de un Obispo).

Oí por ahí

Una vez aniquilado Osama Bin Laden, Campeón Mundial de las Escondidillas, dicho título queda en manos de un mexicano: Joaquín El Chapo Guzmán. ¡Viva México, cabrones!