En The Thing (La cosa), el remake de John Carpenter de 1982 del cuento “¿Quién anda ahí?” de John W. Campbell, una criatura del espacio exterior que inverna en las ruinas de su nave estrellada en la Antártida, se encuentra con un equipo de investigación científica. La cosa pronto se convierte en uno de ellos, lo suplanta para infiltrar el campamento.

Premisa es similar a la de Alien (El octavo pasajero, 1979) de Ridley Scott, basada, a su vez, en una historia de Dan O’Bannon, y otra cinta paradigmática del cine de horror sci-fi de la época. De pronto el otro, ese amigo, compañero de trabajo, parte de la tripulación, puede ser (o estar impregnado) por el enemigo.

Se ha escrito mucho sobre estas películas desde una perspectiva sociológica. Los monstruos interestelares representando, en el imaginario popular, el miedo que tenemos a los demás, a esos que nos rodean y pueden tener una agenda oculta. Una alegoría de la paranoia de la guerra fría.

Y aquí estamos, en pleno 2020 en que el otro, ese compañero, amigo del trabajo, parte de la tripulación, el cajero o quien te sirve el café, puede ser un contagiado asintomático, infiltrado por el virus que ha puesto al mundo de cabeza. Uno que, si tienes suerte, puede contagiarte para convertirte, como habitante del San Francisco de los usurpadores de cuerpos de Philip Kaufman (Invasion of the Body Snatchers, 1978), en uno de ellos, otro asintomático sembrando virus entre tus seres queridos.

No exagero: algunos estudios recientes (en Stanford, Inglaterra, Nueva York y otros) muestran, simplificando particulares, que un 60% de los contagiados por COVID-19 son asintomáticos, es decir: nunca se sienten mal o viven las molestias del virus, y sí contagian a los demás durante su tránsito inocuo por la enfermedad.

Pero, si no tienes suerte, si tampoco eres el 15% a los que les da “leve”, es posible que seas uno del 3% que va a terminar en uno de esos escasos ventiladores de los que se enorgullece en conferencia de prensa el gobierno, en el hospital más cercano de tu conveniencia.

La realidad se brincó la alegoría y más allá del análisis sociológico (y con toda la ironía del mundo)  ha pasado de representar la paranoia de su tiempo a convertirse en la paranoia del suyo: el miedo al contagio. Aquí es donde los amantes de las teorías de conspiración anotan una más en la columna de “la manipulación del miedo para dominarlos a todos”.

Quizá por ello resulte interesante un cambio de perspectiva en el paradigma detrás de las nuevas recomendaciones de la OMS que poco a poco adoptan los países. Si todos usamos mascarilla en público no es para ocultarnos, no es por temor a ser contagiado (las mascarillas, como bien repitió muchas veces el rock-star televisivo casi en desgracia de la epidemiología mexicana, López-Gatell, “no sirven como protección”). Las mascarillas (los cubrebocas) son para proteger a los demás de nosotros. Son una bandera blanca ondeante, una señal de respeto al prójimo, templanza contra cualquier temor irracional que pueda estar latiendo en sus corazones.

La otra cara de la mascarilla es la del gandalla, el que va sin ella porque no cree, le incomoda o no le importa. El que sale a pasear al perro de peluche. El que lleva serenata romántica con mariachi a la novia en cuarentena. El que lleva a los niños por un helado para aliviar el encierro. El que encabeza una marcha de protesta contra el coronavirus. El que sigue dando la mano y besando a los que lo saludan. Igual valiente e incauto. El que invade el espacio privado del otro (ese que ya empieza a los dos metros de su masa corporal). Ese es el verdadero monstruo ajeno: El covidiota. No porque no se someta a las “leyes” y designios de otros, sino porque va por la vida diciendo que los demás no importan.

Twitter: @rgarciamainou