Las primeras imágenes que uno retiene de la infancia tienen que ver con el futbol. La fantasía se apodera de la memoria vacía y al paso de las décadas la realidad se encarga de petrificarla, aunque a veces sin éxito.

Pelé y Maradona han jugado en todas las escuelas primarias del mundo. En todas las preparatorias y campos de futbol universitarios. El don de la ubicuidad es producto de la genialidad y la popularidad. Existen millones de genios en el anonimato y millones de seres populares que carecen de genialidad.

Las jugadas más espectaculares siempre han ocurrido en la mente de los pequeños que se creen Maradona o Pelé o Messi. No importa que los reflejos, los movimientos de las piernas o de las manos siempre se queden atrás de la fantasía. No importa que uno haya sido el peor jugador del mundo, los incentivos para activar la fantasía siempre los patrocinan los ídolos. Maradona guiaba a los niños como la persona que auxilia a un ciego a cruzar la calle.

No importa que uno no jugara en canchas profesionales, desde las coladeritas de la calle Sombrerete en la Condesa uno podía recibir pase de Pelé; uno podía vencer al equipo de Maradona.

Si las Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco representan un viaje a la colonia Roma del Colegio México, las batallas en el túnel del Colegio México representan el regreso a la infancia donde el futbol se muestra como el más sublime de los rasgos gregarios. En cada recreo se jugaba un mundial de futbol. La pelota de plástico color naranja como centro del universo donde Ramón, Iván, Poncho, Enrique, Alejandro representaban a jugadores estelares de lo que se conocía como vida real, aunque la vida real estuviera en los pasillos del colegio donde uno podía jugar con vasos de cartón.

Si Maradona hubiera llevado una vida monástica como la de Messi, no se hubiera convertido en mito. La empatía es el sexto sentido y no todos la tienen.

La era de las redes sociales inventa ídolos efímeros a través de hashtag y de estrategias de mercadotecnia. Ídolos vacíos; ídolos idiotas cuya felicidad depende de la acumulación de miles de seguidores.

Maradona se eternizó el día del Argentina frente a Inglaterra en la Copa del Mundo México 1986. Quienes tuvimos el privilegio de haber asistido ese día al estadio Azteca, comprobamos que las jugadas de Maradona ya las habíamos visto muchos años atrás en el colegio.

Diego anotó el segundo gol de manera magistral dejando a ingleses con el torso descompuesto. Uno, al escuchar la narración de Victor Hugo Morales viaja de manera inmediata al estadio: “La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona (...) ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta ¡Gooool!”

John Carlin recordaba ayer 26 de noviembre, desde La Vanguardia una frase que le dijo Roberto Perfumo, excapitán de la selección argentina: “César siempre tenía un esclavo a su lado que le decía: “recuerda que eres humano, recuerda que eres humano”. Con Maradona es al revés. Desde que tiene 12 años todo el mundo le dice, recuerda que eres dios, recuerda que eres dios””.

El fracaso también lo da el éxito. Maradona pensó que era dios y así justificaba su soledad. Nunca se preparó para no jugar futbol, y cuando llegó el día, entró en una dinámica riesgosa de la que nunca pudo salir.

Su enojo contra el puritanismo de los Estados Unidos le hizo aliarse con los peores personajes políticos. Maduro, uno de ellos. El éxito del futbolista nunca lo tendrá el político. Siempre que veamos a un futbolista junto a un político ya sabemos quién está utilizando a quién.

Maradona seguirá jugando en las canchas de las escuelas primarias de todo el mundo.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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