“El culto a la personalidad es una necedad que se ha dado en todas las épocas, pero que quizá no estuvo nunca tan extendida como hoy”.

Margarite Yourcenar

En la primera parte de este artículo analicé varios casos donde el culto a la personalidad jugó un papel predominante en el reforzamiento del poder. Sobresalen Stalin y Mussolini, quienes desarrollaron esta herramienta de manipulación a un grado tal que les permitió ocultar sus errores para mantenerse en el gobierno durante décadas. Revisé el caso del Kaiser Guillermo II, que en su intento fallido de lograr la admiración de su pueblo, llevó a Alemania al desastre de la Primera Guerra Mundial. El caso de Lenin es un poco diferente. Aun cuando oficialmente consideraba el culto a la personalidad como algo que estaba “en contra de los intereses del partido”, nunca se opuso a la idolatría que le manifestaba el pueblo, hecho que después de su muerte fue bien capitalizado por su sucesor.

En China, el carismático líder comunista Mao Tse Tung, que participó activamente en la guerra civil contra el gobierno nacionalista de Chiang Kai Shek desde 1927, se convirtió en el máximo líder comunista durante la Larga Marcha en 1934. Después de una interrupción durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los comunistas y los nacionalistas se tuvieron que unir contra la invasión japonesa, se reanudaron hostilidades entre ambos mandos en 1945. En 1949, Mao anunció la fundación de la República Popular China en la Plaza de Tiananmen en la ciudad de Pekín. A partir de ese momento histórico, el líder comunista se fue consolidando en el poder a través del desarrollo del culto a su personalidad.

La veneración del pueblo hacia Mao llegó a niveles ridículos; sus frases y sus fotografías se mostraban en todos los rincones de China. Como comenta Patrick Lescot en su libro El Imperio Rojo: “Mientras Khruschev denunciaba el culto a la personalidad del fallecido Stalin en 1954, Mao inundaba a China con 6 millones de sus retratos”.

En 1958 Mao lanzó una política de industrialización llamada “El Gran Salto Adelante”, que buscaba convertir a China en una potencia a través de incrementar la producción de acero. Para lograrlo, se impulsó la construcción de altos hornos caseros para producir el metal en los patios traseros de miles de aldeas. Trabajadores calificados dejaban sus empleos en fábricas, escuelas y hospitales para producir acero. El resultado de esta ocurrencia poco fundamentada y mal implementada fue desastroso, el acero producido fue de pésima calidad, empobreciendo aún más a las pequeñas comunidades chinas. Sin embargo, las autoridades del Partido Comunista Chino no se atrevieron a contrariar el capricho de su líder, que a pesar de sus errores, contaba con la admiración de su pueblo.

En 1962, como resultado de su ineficiente campaña de colectivización de la agricultura a través de comunas populares, que terminó en una terrible hambruna donde murieron millones de personas, Mao tuvo un periodo de retiro forzado. A pesar de ello, regresó al poder en 1965 con mucha fuerza. La publicación del Pequeño Libro Rojo, donde se plasmaban sus frases preferidas, le permitió aprovechar el descontento de una parte de la población. En 1966, impulsado por su mujer Tiang Tsing, cuyo poder se había acrecentado, inició la Revolución Cultural, donde jóvenes radicales, llevando en la mano el libro de Mao, destrozaban parte del patrimonio cultural chino y atacaban a miles de funcionarios, profesores, intelectuales, científicos y artistas. Muchos fueron asesinados y otros enviados a comunidades rurales a “reeducarse”, con el argumento de ”crear una nueva sociedad”. Este argumento fue sólo un pretexto. En palabras del historiador Niall Ferguson en su libro La guerra del mundo, “la Revolución Cultural fue simplemente una lucha de poder entre la alta dirigencia del Partido Comunista”.

Mao se mantuvo en el poder hasta su muerte, en el año 1976. Su cuerpo, como el de Lenin en Rusia, fue embalsamado y se conserva en la Plaza de Tiananmen, donde millones de personas le han rendido culto.

Durante la Guerra Fría sobresale el caso de Nicolas Ceaucescu, quien gobernó Rumanía de 1967 a 1989. Muy temprano en su gobierno logró la admiración de su pueblo cuando se opuso en 1968 a la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas armadas rusas. Se hizo de una imagen que le sirvió durante los siguientes años; ser un líder independiente de los dictados de Moscú. Empezó a desarrollar el culto a su persona después de su visita, en 1971, a China y a Corea del Norte, donde presenció cómo Mao y Kim Il sung utilizaban su imagen para acrecentar su poder. A su regreso a Rumanía, Ceaucescu inició una serie de acciones para resaltar su imagen. La prensa, controlada por su gobierno empezó a referirse al líder rumano en términos como: “fuente de todos los logros nacionales”, “garante del progreso y de la independencia de la nación” y “arquitecto visionario del futuro”. Sus obras completas fueron publicadas y distribuidas en todo el país. Los intelectuales favoritos del régimen publicaban obras elogiando sus virtudes. Curiosamente su esposa Elena, quien era aún más vanidosa, no podía quedarse atrás y exigió que la prensa la llamara “Madre de la Patria”.

La relativa independencia que Rumanía tenía respecto a la Unión Soviética, convirtió a Ceaucescu en el líder comunista favorito de los países occidentales. Tanto el presidente francés Charles De Gaulle como el presidente estadounidense Jimmy Carter elogiaron la apertura iniciada en Rumanía. No quisieron darse cuenta de que el líder rumano ejercía un control absoluto sobre la población con la ayuda de la Securitate, su temida policía secreta, ni que tenía políticas abiertamente hostiles contra las minorías.

A pesar del apoyo del exterior, el nivel y la calidad de vida de los rumanos se venía abajo. Como lo señala Victor Sebestyen en su libro Revolution 1989; The Fall of the Soviet Empire, la energía tuvo que ser racionada. El uso del petróleo se restringió, el transporte motorizado casi no era utilizado, lo que llevó a Rumanía al uso de carretas para el transporte. Mientras tanto, el gobierno mentía descaradamente para no deteriorar la imagen de su líder. Para el gobierno rumano, la temperatura oficial “nunca bajaba” de 10°, de esta manera, se evitaba encender la calefacción en los edificios públicos.

En 1982, Ceaucescu anunció que Rumanía pagaría toda su deuda externa para el año 1990. Esta medida fue tomada para fortalecer aún más la imagen del líder en el exterior y no por su sentido económico, ya que pagar el total de la deuda requería una cantidad de divisas que el país no tenía. Por esa razón fue necesario exportar el 75% de la producción agropecuaria, provocando escasez de alimentos en el país.

El pueblo rumano, harto del control absoluto y del cínico culto a la personalidad, dio rienda suelta a su frustración y lo derrocó en 1989, después de más de dos décadas en el poder. Nicolas Ceaucescu y su esposa Elena fueron detenidos cuando intentaban huir. Fueron acusados de genocidio, uso de las fuerzas armadas en contra de la población civil, daño a la economía nacional y enriquecimiento injustificable. Ambos fueron ejecutados.

En la tercera y última parte de este artículo comentaré el caso del líder egipcio Gamal Abdel Nasser y el de algunos líderes latinoamericanos que supieron crear un culto a su persona basados en promesas incumplidas, como Perón en Argentina y Fujimori en Perú.