El último presidente o primer ministro que ha sido secuestrado es el libanés Saad Hariri. El encargado de hacerlo fue el mismo príncipe que ordenó el asesinato de un periodista en el interior de un consulado en Turquía.

No se trata de una temporada más de la serie de televisión Designated Survivor o Narcos, es la guerra geopolítica.

Saad terminó siendo primer ministro de Líbano de manera hereditaria, porque un grupo de terroristas lo encaminó hacia el máximo poder del país asesinando a su padre Rafiq, en Beirut, hace 15 años.

El 3 de noviembre de hace dos años, Saad recibió una llamada urgente de parte del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salman. Le ordenó viajar a Riad y lo encerraron varias semanas en el hotel Ritz.

El sábado 4, Saad Hariri dirigió un videomensaje a su país en el que anunciaba su renuncia; dijo que su vida corría peligro por culpa del gobierno de Irán y de Hezbolá, célula terrorista libanesa con perfil chiita y partido político que apoyó a Saad.

En Líbano desconocían el paradero de su presidente. Lo único que conocieron fue el destino original, su viaje a Arabia Saudita. La gente se enteró de su renuncia a través de las pantallas de televisión en las cafeterías de Beirut, Trípoli y Sidón. El periódico libanés Al-Akhbar colocó en su portada del lunes 6 de noviembre una foto del primer ministro y una cabeza que decía: “El rehén”.

Una semana después del secuestro, en las calles de Beirut se podían observar carteles con la fotografía del primer ministro Saad Hariri: “Desaparecido”; “se busca”; “secuestrado”.

El martes 21 de noviembre del 2017, Saad Hariri regresaba al Líbano haciendo escala en Egipto.

Saad se reintegró como primerministro, pero el pasado 30 de octubre renunció, al parecer de manera definitiva, al no poder soportar las multitudinarias protestas en contra suya y contra toda la clase política.

“¿Por qué está estallando la crisis hoy? Hay menos dinero para distribuir y el Estado libanés está en quiebra, prácticamente en bancarrota. Por ejemplo, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, que daban bastante dinero, especialmente a parte de la comunidad sunita encarnada por Saad Hariri, ya no quieren poner dinero en el Líbano porque creen que Hariri no está en condiciones de contrarrestar la influencia de Hezbolá”, explica a France 24 Agnès Levallois, investigadora de la Fundación para la Investigación Estratégica y vicepresidenta del Instituto de Investigación y Estudios Mediterráneos sobre Oriente Medio.

Las protestas en el Líbano representan de manera fiel el total de su demografía: liberales comunistas, religiosos, laicos, conservadores y progresistas. Todos quieren menos desigualdad, menos sectarismo y menos corrupción.

La economía ha funcionado tradicionalmente con base a un ingreso importante de depósitos de los libaneses que residen en el exterior, que ha servido para financiar el cumplimiento regular de la deuda pública. En lo que va de este año, la pérdida de la cotización de la deuda pública de Líbano ha sido del 18%, solo superada por las de Venezuela y Argentina. Los bancos cerraron durante una semana; al abrir sus sucursales la gente retiró US$ 2,000 millones.

Saad Hariri ha aparecido nuevamente durante esta semana. La gente enfureció en contra de él por haber anunciado un impuesto al servicio de mensajería WhatsApp. Sin la felicidad que aporta la tecnología en tiempo real, el enojo se potencia.

Desde el 17 de octubre el Líbano vive bajo gritos de manifestantes. Las manifestaciones han sido pacíficas, pero quieren que sus políticos sean secuestrados, como a Saad Hariri.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.