Una de las cronistas más importantes, autora de una obra sobresaliente entre la extensa nómina de “libros de viajes” o “de viajeros en México”, aparecidos entre 1844 y 1860.

El destino del viaje era la Ciudad de México, la cuestión de mucho cuidado, la travesía larga, pero también muy seria. Mucho más porque la viajera era mujer, de religión episcopal, natural de Escocia y, por añadidura, recién casada con el primer ministro plenipotenciario de España en México.

Se trataba de una señorita muy bien educada, con encantador nombre de pila y apellidos de resonancia aristocrática, la dama Frances Erskine Inglis, nacida en Edimburgo en el año de 1804 y avecindada desde muy joven en Boston, Estados Unidos, “una de las ciudades más europeas del continente”. En ella, junto con su madre y sus dos hermanas, dirigía una Escuela de Señoritas, pero también se codeaba con personajes como George Ticknor, Washington Irving y William H. Prescott. Este último fue quien le presentó al hombre que la ligaría definitivamente a México: el diplomático español Ángel Calderón de la Barca, que había sido enviado a Estados Unidos por la reina Isabel II de España. Una vez casada con él, Frances aprendería ciertas costumbres hispanas, aprendería rudimentos del idioma y se embarcaría –literal y literariamente— en una travesía que la convertiría en una de las cronistas más importantes de nuestro país, autora de una obra sobresaliente entre la extensa nómina de “libros de viajes” o “de viajeros en México”, aparecidos entre 1844 y 1860. El suyo, titulado La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, una referencia fascinante de los usos y costumbres mexicanas.

Armada de tinta y mucho papel, acompañando a su marido en su nueva misión diplomática, Frances cambió su apellido por el de Calderón de la Barca y a bordo de la embarcación “Norma”, zarpó desde Nueva York. Su primera parada fue la ciudad de La Habana; la segunda, el puerto de Veracruz. Desde allí, por tierra, llegarían a la Ciudad de México. Entusiasmada, y casi desde el primer día, Madame Calderón de la Barca empezó a escribir, aunque la ilusión del viaje, de contemplar un nuevo cielo y vivir emocionantes aventuras, fuera también sepultada casi inmediatamente.

“Siempre me ha encantado la vida en el mar –escribe Madame Calderón en sus primeras líneas– pero no la que se lleva en un barco mercante con camarotes sin ventilación, y con multitud de olores desagradables. Como decía una pasajera francesa, con cara agriada: todo se vuelve maloliente, hasta el agua de colonia. El viento en contra no ayuda al avance del “Norma”. Hemos hecho setenta y cuatro millas y sólo hemos avanzado cuarenta”.

El viaje continúa y la escritura sigue. No con el propósito de una diarista o intentando componer una obra narrativa. Son crónicas extraídas de cartas detalladísimas, escritas en inglés y dirigidas a su hermana, su madre u otros familiares. Su libro, pues, resulta de una selección de 54 de ellas.

Gracias a su pluma, nos enteramos de mucho: la fascinación tropical que le produce La Habana, la terrorífica sensación de experimentar un norte en Veracruz, su impresión al conocer al general Antonio López de Santa Anna, el horror que le causó un posadero de Río Frío al contarle “historietas de ladrones, robos y horribles asesinatos” y su placer al comer tortillas recién hechas. Sin embargo, su descripción al llegar a la ciudad de México, en los primeros días de julio de 1840, es insuperable:

“Finalmente pudimos contemplar el inmenso valle desde lo alto, tan alabado en el mundo entero y rodeado de montañas, con sus volcanes y grandes lagos, así como las fértiles llanuras que rodean la ciudad de Moctezuma, orgullo de su conquistador y la más brillante de las joyas de las antiguas colonias de la Corona Española. Ya podíamos vislumbrar las agujas de sus innumerables campanarios. Parecía como si tuviera ante mío una visión del pasado, y no una revelación del presente. Como si el talón del tiempo se levantara, para descubrirnos el panorama que contempló Cortés cuando lo vislumbró por vez primera. La ciudad de Tenochtitlán, rodeada de cinco grandes lagos, con verdes y floridas islas, como si se tratara de la propia Venecia, con miles de embarcaciones a lo largo de sus canales… ¡Qué esplendor ante los ojos de los primeros descubridores!”

La llegada del matrimonio Calderón de la Barca a la gran metrópoli va cambiando el tono de la escritora por uno más feliz y casi cantarino: no deja de manifestar gran asombro por las más pequeñas cosas y disfruta la gloria de “ese eterno verano” que parece transformar todo en vacaciones.

El encargo de su marido y su estancia en México terminaron en 1842. Durante aquellos dos años, el material era tanto, que el libro ya estaba casi hecho. Aunque fue editado y traducido algunos años después, Madame Calderón de La Barca logró revelar al mundo secretos nacionales que todavía son de indiscutible actualidad: cada día tenemos una fiesta, celebramos mejor con algo de beber y alrededor de una mesa, somos uno de los pueblos más tragones del mundo, las “visitas de los mexicanos nunca duran menos de una hora” y nuestra casa siempre es la de usted.