Comida y placer son dos nociones que in natura parecerían ineludibles. Los seres humanos tenemos necesidades de subsistencia y entre las más básicas, se encuentra obviamente la alimentación, la respiración, el descanso, el sexo, el afecto, la seguridad física, sentir que pertenecemos a algo y muchas otras instancias.

Ya los filósofos griegos reconocían la comida como uno de los principales placeres de la carne que según algunos había que temperar y según algunos otros, como los hedonistas, había que satisfacer. Para los epicúreos, la alimentación era considerada un deseo natural y necesario. Al contrario de la creencia popular, los epicúreos consideraban que el sexo era un deseo natural, pero innecesario. En la concepción del placer, se identifica desde esa época a la alimentación y al sexo como actividades proveedoras de satisfacción.

Alrededor del placer, se construyen algunas mitificaciones sobre los alimentos afrodisiacos, que deben su nombre a Afrodita, diosa de la fecundidad, el amor, el sexo y la belleza. A partir de estudios de orden histórico, psicológico, social e incluso experimental, nos damos cuenta de que la construcción de estos alimentos obedece más a una semejanza en la forma que en realidad a sus propiedades. Así, por ejemplo, las ostras, que asemejan la genitalia femenina se han asociado a estos significados. Es curioso observar que por ejemplo, en pinturas del siglo de oro holandés, las ostras eran retratadas en bodegones como signos de fecundidad y por lo tanto, de riqueza y de bonanza que nada tenía que ver con el placer sexual, pero sí con los órganos sexuales. Al final, los significados atribuidos a los alimentos están moldeados culturalmente y hoy por hoy, se sabe que el cerebro es el órgano sexual más poderoso.

Con el desarrollo de la ciencia e investigaciones sobre las sustancias contenidas en concreto por los alimentos, encontramos que por ejemplo, la teobromina presente en los chocolates es un estimulante del sistema nervioso, pero con una efectividad menor que la cafeína. En otras investigaciones se ha identificado que a nivel cerebral, algunas experiencias que involucran alimentos activan los centros del placer que se activan en el orgasmo. Por eso es que no es una exageración cuando alguien dice que tiene un orgasmo sensorial al probar un alimento. Sin embargo, se ha identificado que esto no depende sólo del sabor sino de la experiencia compartida.

Y es que al contrario del sexo, la experiencia de compartir una comida se puede hacer fácilmente entre un grupo de personas sin transgredir una norma social. La comida es un poderoso agente vinculante: desde la lactancia materna hasta las comidas familiares nada expresa más pertenencia que el comer con un grupo de personas. Las relaciones de amistad, amor y filiación se establecen en gran medida con la presencia de comida. Piénselo: las ocasiones para sociabilizar con un grupo de amigos, con parientes, casi siempre involucran algún tipo de comida o bebida. Esto se debe a muchos factores: la comida es identidad, el compartir una comida indica una filiación grupal, que bien puede ser efímera o no. Imagine un grupo de hombres de las cavernas. En ese momento, el identificar lo comestible de lo no comestible se hacía a prueba y error. En el mejor de los casos una indigestión y en el peor, un envenenamiento era lo que estaba en juego. El compartir este riesgo con un grupo de personas sin duda amortiguaba ese riesgo.

El placer del comer, así como el del amor, no necesariamente está depositado solamente en el alimento que se come o en el objeto de nuestro afecto. Es la experiencia completa, el preámbulo y todas las conexiones emocionales con un alimento que nos remiten a un momento afectivo en nuestras vidas ya sea materno, fraternal o de pareja lo que verdaderamente gratifica. En este día volvamos a ser epicúreos sabiendo disfrutar sin exceso ni carestía de los placeres de la comida y del amor en cualquiera de sus formas.

@Lillie_ML