Con el advenimiento del periodo vacacional, las publicaciones de estilo de vida se llenan de artículos acerca de las mejores maneras de lucir un bikini body o cuerpo de bikini.

Existe una prescripción implícita que involucra a los cuerpos que sí son aptos para lucir un bikini y a los cuerpos que no serían aptos para hacerlo, cuando el principal criterio para usar un bikini o un traje de baño en el caso de los hombres, sería, solamente que la persona pudiera y tuviera ganas de ponérselo. Evidentemente esto no funciona así. ¿Cuáles son las lógicas detrás de estas presiones sobre la forma en la que tiene que lucir un cuerpo?

De manera concomitante al estigma social que comporta un cuerpo obeso, el culto a los cuerpos esculturales en nuestra era toma proporciones de tintes morales. Existe detrás de todos los discursos que se analizan acerca del cuerpo, el entendido implícito de que el cuerpo hoy en día es algo que hay que controlar, algo que hay que dominar y mantener a raya para que encuentre la mejor manifestación de sí mismo. De esta forma, muchos de los discursos latentes implican que el tener un cuerpo escultural es una cuestión de voluntad y disciplina individual, para por un lado, mantener a raya las pulsiones propias del cuerpo y por el otro, el ejercitarlo y dominarlo de manera que se alcance ese arquetipo de belleza propio del David de Miguel Ángel, por poner un ejemplo para el caso de los hombres. Para el caso de las mujeres, definir este ideal a alcanzar resulta, paradójicamente, todavía más inalcanzable ante la ausencia de un solo modelo arquetípico del cuerpo perfecto. En el ideal corporal de hoy existe desde el cuerpo ejercitado, musculoso y a la vez delgado sin ser exuberante – por poner un ejemplo, el de Jennifer Aniston – hasta el cuerpo lleno de curvas imposiblemente naturales, como el de Kim Kardashian, pasando por cuerpos ultra delgados que remiten a un estadío infantil prepuberal, más que al cuerpo de una mujer en edad reproductiva. Todos estos arquetipos son deseables hoy en día. Aunque en los medios se moviliza la idea de que el ideal corporal ha perdido masa a través de los años, encontramos que más que un culto a los cuerpos delgados, hoy existe una multiplicidad de modelos cuerpos idealizados, y el hecho de tomar uno u otro como ideal, depende en gran medida de la cultura e idiosincrasia de las personas, dejando de lado que el género es un gran determinante para determinar qué es atractivo. Así, mientras para los hombres es más valorado un cuerpo con más curvas, para algunas mujeres la ausencia de curvas es el modelo ideal de cuerpo.

Agregando un componente más a la ecuación de modelos idealizados, en muchos discursos se vende la idea de que el alcanzar ese cuerpo ideal, sólo depende de la disciplina y voluntad. Disciplina para hacer ejercicio diario, levantar pesos y voluntad para no ceder, paradójicamente, a esos impulsos del cuerpo por obtener cierto tipo de placer de la comida. Todo esto, porque casi invariablemente el placer en la comida se vincula a los alimentos de los que el cuerpo tendría que prescindir para lograr esa silueta deseada. Sin ni siquiera adentrarnos en cómo se perpetúan estos modelos de belleza inalcanzable, es evidente que la presión y el control social sobre un cuerpo deseable recae de manera más importante sobre las mujeres que sobre los hombres. Y es que desde pequeñas se interioriza la idea de que parte de la femineidad está precisamente en el cuerpo y no en el intelecto.

En un contexto donde constantemente estamos expuestos a mensajes sobre la forma en la que deberíamos de vivir, cómo nos tendríamos que ver, qué tenemos que comer, y qué tendríamos que tener para pertenecer, es fácil a veces perder la brújula sobre lo que nos produce bienestar. Está claro que una alimentación que provea placer, bienestar y que la realización de una actividad física como actividad proveedora de salud y felicidad, son dos ejes que hoy en día, fácilmente pueden transgredir el límite de lo que proporciona felicidad para convertirse en obsesión.

@Lillie_ML