Con 65% de los votos, Emmanuel Macron, candidato sin partido, ganó las elecciones presidenciales en Francia, venciendo en la segunda vuelta a la derechista Marine Le Pen.

La elección francesa demostró que un candidato independiente centrista puede derrotar al oficialismo luego de una desastrosa gestión y a los populistas de izquierda y de derecha.

El sistema electoral francés está diseñado para generar consensos en torno al presidente en la segunda vuelta; el candidato centrista triplicó sus votos, mientras que la derechista Le Pen incrementó en 10% sus votos.

Los retos del presidente francés son complicados, tendrá que generar un grupo parlamentario en la Asamblea y el Senado, toda vez que no cuenta con una fracción parlamentaria propia; calmar los mercados internacionales que bailan al ritmo tuitero de Donald; enfrentar la inseguridad creciente e incorporar a los franceses al desarrollo económico.

Existe un optimismo desbordado por la elección de Macron, no es para menos, luego del triunfo del Brexit, de la política errática del presidente Trump y de la frágil estabilidad internacional en Siria y Corea del Norte.

La elección de Macron es positiva y coincide con los fatídicos 100 días del presidente Trump, cuya ira tuitera cada vez funciona menos y sus principales proyectos migratorios fueron frenados por el Congreso y el Poder Judicial. Una voz serena (esperamos) en el país cuna de las libertades generará estabilidad al mundo frente a los embates de gobiernos nacionalistas, que cada vez se enquistan en más países.

La elección francesa confirma el hartazgo ciudadano y el rechazo a los partidos; en este caso el outsider electo no se ubica en los extremos de la geografía política, los franceses rechazaron a los profetas de la izquierda y a las herederas de la derecha; estimado lector, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Para el rediseño de las democracias es buena noticia que un candidato sin partido derrote a los partidos tradicionales y que la voluntad popular se alejara de los caciques sempiternos de la izquierda y de las herederas de la derecha, que reclaman el poder por derecho familiar y en nombre de su estirpe política. Ver la política lejos de los partidos y de los clanes es también una opción. En fin, querido lector, México no es Francia, ni Zavala la heredera de la derecha, si no que le pregunten a Ricky Anaya y al chamako Cortés.