Los cambios de líderes en la misma semana en los dos gigantes del sur europeo, Italia y España, refuerzan la importancia de un acuerdo entre E. Macron y A. Merkel.

Desde su llegada al poder hace un año, el presidente francés ha intentado flexibilizar la posición del gobierno alemán que con su postura ordoliberal ortodoxa, sigue llevando al fracaso el proyecto europeo de integración.

La formación de dos nuevos gobiernos en el sur da un breve respiro al continente. La inestabilidad e incertidumbre en dos grandes países de la Unión causaba febrilidad en los mercados y presiones sobre el euro.

El gobierno bipartidista italiano modera fuertemente sus tonos populistas y antieuropeos con un ministro de economía neutral en remplazo de la primera propuesta, Paolo Savona, abiertamente antieuro, y el ministro de exteriores será un exfuncionario de la Comisión Europea.

En España, la caída del gobierno conservador de Mariano Rajoy es otra buena noticia para la estabilización de Europa. No pudo ni con la corrupción de su partido ni con la crisis catalana. El líder socialista Pedro Sánchez puede restaurar la imagen de España adentro y afuera, pero sobre todo arroja una imagen bien recibida de estabilidad y compromiso proeuropeo.

Sin embargo, después de varios años de crisis económica y de los migrantes a los cuales se agregaron varios meses de crisis política, Italia y España han perdido el liderazgo que otrora tenían en la Unión Europea. Peor aún, sus dos dirigentes, Sánchez y Conte, no comparten ideas políticas, pero tienen en común ser inexpertos en política y sin legitimidad electoral.

Así que, paradójicamente, el regreso de Italia y España al debate europeo, después de meses de ausencia y ensimismamiento, refuerza la importancia de la pareja francoalemana.

Otra paradoja, la misma fragilidad de Sánchez y Conte debilita a E. Macron, que comparte más su visión de Europa y defiende mejor sus intereses frente a Merkel.

Ésta no quiere comprometerse sobre una verdadera política económica y fiscal común que sería la única manera de estabilizar definitivamente el euro.

Tampoco Francia puede contar con el apoyo de las instituciones europeas, el Parlamento y la Comisión se han vuelto débiles y dominados por las concepciones alemanas.

La Cumbre Europea de junio permitirá evaluar la nueva relación de fuerzas entre Alemania y sus satélites económicos (Austria, Finlandia y los Países Bajos) y los países que quieren una verdadera gobernanza y solidaridad económica para la Unión Europea. También abordará los temas migratorios que separan a Alemania y las instituciones europeas de casi todos los demás países, en el sur, y sobre todo al este. La victoria de los populistas eslovenos este fin de semana es un recordatorio más de la gran preocupación que prevalece en los países de Europa central y oriental.

Si los alemanes persisten en su intransigencia y egoísmo, no dejarán a Macron otra opción que alejarse del proyecto europeo y buscar acercamiento con sus vecinos del sur para evitar otra victoria de los populistas antieuropeos en su país. En ambos casos, significaría el fin del motor francoalemán y del proyecto europeo actual.