En los últimos días he tenido la fortuna de convivir con jóvenes universitarios en el marco de la presentación del libro México frente a la crisis. En el texto establezco una tesis que parece contradictoria: que un país no puede vivir con desequilibrios y que tampoco puede desarrollarse basado exclusivamente en la estabilidad.

Nuestro país es un claro ejemplo de esta aparente dicotomía. En la década de los 70, México era un país monoexportador que dependía casi en su totalidad de la venta de petróleo y del endeudamiento externo, desafortunadamente hacía finales de esta década se presentó un entorno que colapso la economía: el precio del petróleo bajo y las tasas de interés subieron.

La economía experimentó una serie de desequilibrios que sumieron al país en un largo periodo de estancamiento, fuga de capitales, devaluaciones, inflación, alto déficit fiscal, contracción del PIB y desempleo, por citar algunos de los males que aquejaron a México en los 80.

Los primeros años de los 90 marcaron un parteaguas en la historia económica de México, toda vez que inició una etapa a la que llamo reformas estructurales de primera generación , entre las que destacan la disminución del peso del estado en la economía, la autonomía de Banco de México y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, entre otros.

Esto posibilitó un cambio macroeconómico importante caracterizado por la corrección del déficit fiscal y una baja significativa de la inflación.

Desafortunadamente, a finales de 1994 sobrevino la devaluación de peso, lo que derivó nuevamente en una fuerte contracción de la actividad económica.

La buena noticia es que después del descalabro de 1995, la economía vivió un largo periodo de estabilidad. Contrariamente a lo que se podría pensar, este lapso de tiempo en el que se consolidaron los equilibrios macroeconómicos, no se tradujo en un crecimiento económico importante y no impidió que México registrara en el 2009 la segunda recesión más profunda en la historia después de la registrada en 1932 (-14.9 por ciento).

La pregunta por parte de los jóvenes es, invariablemente, qué podemos hacer para cambiar las cosas, qué podemos hacer para que México sea más competitivo, para que crezca más, para generar más oportunidades.

La respuesta no es fácil, hay muchas cosas que hacer, pero todas pasan precisamente por los jóvenes, por lo que siempre les digo ustedes son el futuro .

Desgraciadamente, los actuales policy makers se han distinguido por su incapacidad para ponerse de acuerdo y por privilegiar los intereses particulares sobre la necesidad de hacer los cambios que permitan solucionar de fondo los graves problemas que enfrenta el país.

Parece que será necesario que llegue una nueva generación para avanzar en la transformación del país, una nueva generación que lleve a cabo las reformas que permitan, junto con un entorno de estabilidad, un mayor desarrollo económico.

Los jóvenes que hoy están estudiando serán precisamente los que mañana tomen las decisiones en este país y tienen la gran responsabilidad de hacer conciencia de los retos que enfrenta México.

Es importante que ellos recuperen el civismo que se ha perdido y que se enaltezca el amor por la patria. Estos valores empiezan en la familia; quien es un buen hijo, será un buen hermano, un buen esposo, un buen padre y un buen mexicano.

Gregorio Marañon, escritor español, comentó a un joven tienes más cualidades de lo que tú mismo crees; pero para saber si las monedas son de oro bueno, hay que hacerlas rodar, hacerlas circular. Gasta tu tesoro .

Estoy seguro que el tesoro de los jóvenes, talento, entusiasmo, compromiso, audacia y pasión, harán que México sea un país más fuerte, más competitivo y un mejor lugar para vivir. Jóvenes, estoy seguro que ustedes son el futuro.

*Manuel Guzmán M. es economista en Jefe de Ixe Grupo Financiero. Su opinión no representa necesariamente la posición de la institución.

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