Hay que recordar que el dato anterior se vio beneficiado por el efecto estacional de Semana Santa que derivó en tener más días laborales en el mes de abril. Si se corrige por estacionalidad, la economía nacional registró un crecimiento de 1.4 por ciento.

Por sectores, las actividades que mostraron una evolución favorable fueron las primarias y la construcción privada; mientras que las que limitaron un mayor crecimiento del PIB fueron la caída de la producción industrial, que se explicó por la fuerte contracción del sector minero (-4.5%), y el estancamiento de la producción manufacturera.

Crecer más y de manera sostenida es, sin lugar a dudas, el gran reto de México y hay que reconocer que se han hecho avances significativos que harán posible que la economía del país se acelere en los próximos años.

Después de la crisis cambiaria de finales de 1994, que provocó un repunte importante en el nivel de precios y una contracción del PIB de 5.8% en 1995, México vivió una etapa de estabilidad económica que se ha prolongado hasta ahora. Sin embargo, cuando se revisan los últimos 30 años salta a la vista que México siguió rezagado en materia de crecimiento económico.

En el lapso señalado, el PIB creció en promedio 2.5%, mientras que el bloque de países emergentes se expandió a una tasa de 4.5% y China e India lo hicieron 8%, lo que significa que la estabilidad financiera era una condición necesaria pero no suficiente para que la economía registrara mayores tasas de crecimiento.

Era imprescindible llevar a cabo una serie de reformas estructurales de segunda generación que permitieran al país ser más competitivo y ganar nuevamente los espacios que se habían perdido en el concierto del comercio internacional.

Es importante tener presente que las reformas aprobadas en la actual administración son la palanca que permitirá catapultar el crecimiento del país a otros niveles. No obstante, hay que recordar que la experiencia internacional sugiere que este tipo de reformas no tienen resultado de un día para otro y que en promedio toman hasta 10 años en tener un impacto pleno sobre la economía, como lo muestran los casos de China, Canadá y Chile.

Habrá que destacar igualmente que aunque el crecimiento del segundo trimestre puede parecer bajo, éste se presentó en un contexto global caracterizado por una desaceleración de las economías avanzadas y un menor crecimiento de los países emergentes.

En el caso de nuestro principal socio comercial, Estados Unidos, aunque ha mostrado una gran fortaleza en su mercado laboral, su sector industrial sigue registrando un desempeño pobre que se ha reflejado a su vez en un magro desempeño del sector manufacturero de México.

A pesar de que el crecimiento ha sido bajo, las autoridades financieras han procurado mantener y fortalecer los fundamentos macroeconómicos del país, lo que ha permitido que el país haya transitado por ésta que es la segunda crisis económica más profunda de los últimos 100 años sin mayores sobresaltos.

De hecho, la caída más profunda que ha tenido la encomia mexicana fue en 1932, cuando la actividad productiva del mundo sufrió una recaída después del descalabro del mercado bursátil en octubre de 1929, en ese año el PIB de México se contrajo 15 por ciento.

Si bien anteriormente se registraron caídas importantes, lo cierto es que la calidad de la información no permite establecer con claridad las variaciones del PIB. Tal es el caso de la caída de 10% del PIB que se registró en 1914, pero cuya estadística se ensombreció por el periodo revolucionario que afectó la calidad de la información.

Más adelante se presentaría un periodo mucho más relevante para la economía del país que se conoció como desarrollo estabilizador o milagro mexicano y que consistió en procurar la estabilidad de variables como la inflación, el tipo de cambio y la balanza de pagos, a fin de procurar un crecimiento sostenido.

El periodo de desarrollo estabilizador abarcó desde 1954 a 1970 con un crecimiento promedio de 7 por ciento. De hecho, en este lapso de tiempo, el PIB de nuestro país llegó a registrar tasas de crecimiento de 11% en 1964, 10% en 1954 y 9.5% en 1968. Este modelo, exitoso en cuanto al crecimiento de la actividad económica, no estuvo exento de críticas.

El desarrollo estabilizador alentó al máximo la producción industrial pero no corrigió el avance de la pobreza y la desigualdad, es decir, el sector industrial surgió como punta de lanza de la actividad económica, pero se descuidaron otros sectores como el agrícola, al tiempo que favoreció el crecimiento de las principales zonas urbanas, lo que contribuyó a arraigar más la disparidad del ingreso.

Hoy, las reformas estructurales otorgan al país un marco que posibilita un mayor crecimiento económico, con estabilidad macroeconómica y con un mayor sentido social. El nuevo marco conceptual, incluso, hace que México se presente al mundo como un destino de inversión mucho más atractivo que otros países emergentes y esto será una palanca adicional de crecimiento.

Habrá que ser pacientes y esperar a que se cierre este paréntesis de volatilidad e incertidumbre, de manera tal que en un entorno de mayor confianza se aquilaten las ventajas de las reformas estructurales que nuestro país ha instrumentado en los últimos años y que harán que México logre tasas de crecimiento superiores a 5% en un futuro no lejano.

*Manuel Guzmán es director de Asset Management en Monex Grupo Financiero.

mguzmanm@monex.com.mx