Cuando el agente especial de EU Jaime Zapata fue asesinado a tiros hace un año en un tramo conocido de una carretera en el centro de México, conducía una Chevrolet Suburban blindada de 160,000 dólares, construida con los estándares gubernamentales más exigentes, diseñada para proteger contra disparos de alta velocidad, granadas de fragmentación y minas terrestres.

SIN EMBARGO, EL VEHÍCULO TENÍA UN DEFECTO BÁSICO FATAL.

Forzado a orillarse sobre la carretera en una emboscada bien coordinada, rodeado por hombres armados con fusiles AK-47, Zapata puso el vehículo en park.

Las cerraduras de las puertas se abrieron.

Cuando Zapata más lo necesitaba, el complejo blindaje de la Suburban resultó inútil debido a un ajuste automático y útil para los consumidores en vacaciones familiares y viajeros apresurados, pero no para agentes de Estados Unidos conduciendo a través de una zona roja en México.

El asesinato el 15 de febrero del 2011 del agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el primer oficial estadounidense muerto aquí durante el cumplimiento de su deber desde 1985, es descrito por funcionarios estadounidenses en la actualidad como un hito en la guerra contra las drogas y la prueba de que EU está pagando su apoyo a esta guerra en sangre y en dinero.

Su muerte ha puesto un nuevo énfasis en el papel que juegan en México un número cada vez mayor de agentes estadounidenses, quienes operan en un medio ambiente peligroso, pero la Constitución mexicana les prohíbe portar armas para su defensa personal.

Informes respecto del ataque han sido filtrados a cuenta gotas desde el año pasado, pero el gobierno de EU no ha hecho públicos los detalles clave sobre las circunstancias que llevaron a la muerte de Zapata. Aún no está claro por qué los agentes fueron enviados por un tramo de la carretera donde es sabido que circulan bandas criminales, ya que pudo haber volado o viajado con una escolta armada del Ejército Mexicano o de la policía, una cuestión rutinaria en las operaciones de los agentes estadounidenses en México.

Zapata, de 32 años, estaba asignado en una misión temporal de nueve días en México cuando fue asesinado, según su familia. Les dijo a sus padres en Brownsville que estaría trabajando en la Embajada de EU.

En su lugar, estaba al volante de una Suburban sobre la carretera 57 llevando consigo lo que funcionarios estadounidenses describieron como un equipo electrónico de suma importancia .

Investigadores estadounidenses recuperaron una de las armas semiautomáticas utilizadas en el ataque que mató a Zapata.

Pruebas de balística y la recuperación de un número de serie borrado revelaron que el arma se trataba de una imitación rumana del popular rifle de asalto AK-47 comprada en tienda de empeño en Beaumont, Texas, y luego contrabandeada al sur por un traficante de metanfetamina llamado Manuel Gómez Barba, ciudadano estadounidense.

Fuentes anónimas en el gobierno estadounidense con conocimientos de la investigación en curso aseguran que los agentes Zapata y Ávila estaban armados el día de la emboscada.