Los líderes republicanos se despertaron el miércoles para ser testigos de su futuro sombrío. Sin un cambio de imagen, un partido que se depende de los votantes blancos, de los votantes hombres y de los votantes mayores se enfrenta a un riesgo político en un Estados Unidos cada vez más diverso y complejo.

La decisiva victoria del presidente Obama sobre Mitt Romney sirvió como una clínica en la política del siglo XXI, que refleja el poder más amplio que tienen los votantes negros e hispanos, el dominio de las mujeres, una mayor proporción de jóvenes votantes e incluso un aumento entre los asiáticos.

A nivel nacional, el descenso constante e inexorable de la parte blanca del electorado no se detuvo. Éste cayó a 72%, por debajo de 74% en el 2008 y de 77% en el 2004.

La participación hispana creció de nuevo. En Colorado, un estado que muchos republicanos pensaron ganarían, Obama logró el voto de las tres cuartas partes de los hispanos. En Ohio, los afroamericanos se presentaron en gran número y le dieron un apoyo casi unánime.

Los problemas de los republicanos se ilustraron además en una serie de victorias para los homosexuales, incluida la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo en Maryland y Maine, y la elección la primera lesbiana declarada como Senadora de Estados Unidos en Wisconsin.

Pero la gran pregunta que surgió el miércoles es quién en un partido sin un claro líder nacional empujaría a los republicanos a transformarse.