Montevideo. Louisville, Kentucky, y Buenos Aires, Argentina, están separadas por 8,569 kilómetros en línea recta. La política, de curvas sinuosas e imprevisibles, las puede juntar en un par de frases, como las que soltaron el lunes Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, y Cristina Fernández de Kirchner, la expresidenta que se apresta para asumir la semana que viene la vicepresidencia de su país.

Una entroncada con la emergencia temprana de la visión imperial de EU en los albores del siglo XIX; la otra, casi su reverso, surgida de un estrepitoso fracaso militar devenido, y cada vez más con el paso de las décadas que la siguieron, en rotundo éxito político.

“Estoy orgulloso de lo que hemos hecho en la región, queda mucho trabajo por hacer en nuestro patio trasero, en nuestro hemisferio”, sostuvo el alto funcionario de visita en Louisville, quizás un lugar anodino salvo por un par de circunstancias: una, en el hipódromo de Churchill Downs se corre desde 1875 el Derby de Kentucky , primera cita de la Triple Corona, “los 2 minutos más excitantes de los deportes”, lo promocionan; la segunda es que en Louisville nació Muhammad Alí, que se negó a pelear en Vietnam.  Y Vietnam más que “patio trasero” fue “tierra de nadie”.

La frase de Pompeo resulta intragable por estas latitudes que han padecido in situ, y en carne propia, las consecuencias de aquel concepto de la Doctrina Monroe de “América para los americanos”, de República Dominicana a Nicaragua, de Chile a Guatemala. Pero el buen hombre que se supone que es el canciller estadounidense la vende como una muestra de la preocupación por la suerte de estas naciones.

A 5,000 y pico de millas al sur, la señora Cristina Fernández concurría a lo que sería una larga y agotadora jornada en los juzgados para una audiencia en una de las ocho causas abiertas contra ella: en este caso como “jefa de una asociación ilícita”, acusada de favorecer al empresario Lázaro Báez en el otorgamiento de licitaciones de obras viales en la provincia de Santa Cruz (Patagonia, sur).

Fernández de Kirchner, a quien se le reconocen dotes de oradora de fuste, convirtió su defensa en un ataque al entramado judicial, tras el cual se encontraría la mano poderosa del derrotado presidente Mauricio Macri, cuyo gobierno “tenía una mesa judicial que decidía quién iba preso, quién no”.

Irónica, directa, desafiante, la exmandataria casi calca la frase de Fidel Castro del 16 de octubre de 1953, durante el juicio por el fallido Asalto al Cuartel Moncada. “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”, dijo el líder cubano.

Fernández al final de su declaración y dirigiéndose al tribunal afirmó: “Ustedes son el tribunal del lawfare (guerra judicial), seguro tienen la condena escrita. Pero a mí la historia me absolvió y a ustedes los condenará”.

Castro dejaba su absolución en manos de la historia, la señora Kirchner ya conoce su veredicto.