Disculpe usted que la referencia no sea la de un gran estadista ni una cita de Walter Benjamin. Lo que viene a la mente ahora mismo es ese problema de Martin Seamus McFly, mejor conocido como Marty McFly: no podía soportar que le dijeran “gallina” y en su empeño por demostrar que no era un cobarde, más de una vez terminó complicándose la vida y hasta el futuro.

Nicolás Maduro no le dijo “gallina” a Juan Guaidó, pero sí lo “muchacheó”. Es algo que disfrutan en ese lado del poder: la burlita, la jodita. Maduro, en el poder en Venezuela desde 2013, lo mandó a incorporarse a alguna de las instancias activas si de verdad estaba interesado en negociar. Es decir: esto ya arrancó, pero si quieres, dale, agarra una silla ahí.

A saber: el martes Juan Guaidó, declarado desde 2019 como presidente interino de Venezuela, convocó a Maduro a dialogar y construir un Acuerdo de Salvación Nacional que, entre otras cosas, propone la celebración de elecciones a todos los niveles de gobierno bajo observación internacional y una gigantesca campaña de vacunación contra el Covid-19.

“Ahora anda desesperado por dialogar, porque se quedaron por fuera (…) sale hoy a decir que quiere diálogo porque se quedó por fuera de todo, aislado y derrotado”, dijo Maduro en cadena nacional.

E insistió, claro: “Están desesperaditos porque se quedaron por fuera de todo, porque nadie los reconoce, porque se les acabó la mentira de Narnia, del Gobierno de Narnia, se les acabó”.

Y si acaso Guaidó no estaba al tanto, hasta podría decirse que le clavó un cuchillito certero con el chisme de que el diputado y dirigente nacional del partido Voluntad Popular, Freddy Guevara, se reunió con el diputado chavista Francisco Torrealba porque está buscando un acercamiento con el oficialismo y hasta habría manifestado voluntad de participar en las elecciones regionales.

El 11 de mayo más o menos a la 1 de la tarde, Guaidó dio para varios titulares. Su mensaje de presentación de eso que llama Acuerdo de Salvación Nacional tuvo una buena carga dirigida principalmente a quienes —se supone— encontraron espacios para sentarse a dialogar con los jefes del chavismo por cuenta propia para activar lo que ya parece inevitable: las elecciones regionales. También, es verdad, sorprendió un poco esa propuesta de dialogar con Maduro y su gente. Una propuesta planteada de “tú a tú” y con la participación de lo que llamó “potencias internacionales”. Es decir, quienes tienen la llave de las sanciones.

En esencia, le invitó a negociar. Pero con sus padrinos en la mesa. Sabiendo que eso es algo que quiere Maduro: que la gente de Washington le escuche en privado.

No podría decirse que fue una invitación amistosa, del tipo vamos a tomarnos unos whiskys y hablamos del tema. No. Fue, sin embargo, más o menos como tenía que ser. ¿Tardía? Quizá. De cualquier manera, no tiene mucho sentido que si hoy le propones conversar, mañana —después de que se burló de ti— salgas a meterlo en el mismo saco que Osama Bin Laden, Augusto Pinochet, el Chapo Guzmán, Pablo Escobar y le recuerdes que Estados Unidos ofrece 15 millones de dólares de recompensa por su captura.

Fue lo que hizo Guaidó durante su encuentro con los medios en la Plaza Los Palos Grandes.

Esa es la misma persona a la que le dijiste abiertamente que invitabas a conversar para “salvar” al país. Es decir, quieres un espacio para negociar con alguien a quien equiparas con algunos de los peores criminales de la historia contemporánea y que en ese espacio también participe la nación que ofrece una recompensa a quien le ayude a ponerle las manos encima.

Una muy rara forma de plantear una negociación, seamos honestos.

Y si así empieza esto, el Acuerdo de Salvación Nacional es nada, discurso, una iniciativa concebida para fracasar: dos tipos ofendiéndose. La misma historia.