Pekín. Con la condena de Gu Kailai por el asesinato de un hombre británico ayer, los líderes del Partido Comunista de China tratarán de cerrar el libro de la más profunda crisis política que han enfrentado en dos décadas.

Pero ahora su atención se dirige a un capítulo aún más desconcertante de este proceso: ¿qué hacer con el marido de Gu, el una vez poderoso y ahora depuesto líder regional del Partido Comunista, Bo Xilai?

La espectacular caída de Bo y el misterio del asesinato en el que está enredada su esposa lanzó a la confusión a los gobernantes de China en un momento especialmente sensible, previo a la transición en el liderazgo que ocurre una vez cada década en el país.

Bo había hecho campaña como candidato al más alto círculo del poder en China; un asiento en el Comité Permanente de Nueve Miembros, que esencialmente controla todos los resortes del poder en el país. Al perseguir ese objetivo, cultivó aliados dentro de los más altos niveles de la dirección del partido, convirtiéndose en una figura relativamente polarizante. Como resultado, su caída evidenció las fisuras entre las facciones del partido, incluyendo un enfrentamiento entre los partidarios de Bo y aquellos que apoyaban a sus competidores.

La inusual exposición de tales divisiones en las altas esferas del partido es la razón principal por la que sus dirigentes están dispuestos a terminar con todo el asunto.

Las divisiones dentro del partido van más allá de la lealtad e involucran profundas diferencias ideológicas. Bo representaba una descarada ideología maoísta de izquierda que era la antítesis de las facciones impulsadas por el mercado.