hoy en día las nuevas tecnologías como la inteligencia artificial enfrentan diversos retos en su ejecución, uno de ellos es sin duda su colisión con la ciencia del derecho.

Entre las mayores interrogantes que presupone este tema, están sin duda: ¿Qué sucede cuando tecnologías como: machine learning, deep learning o data mining están a la cabeza de las decisiones legales en una firma o un juzgado? ¿Qué habilidades necesitarán desarrollar los abogados para poder evaluar adecuadamente la calidad de la justicia que fluye a través de las decisiones basadas en analítica de datos?

Aunque la respuesta no es sencilla, Ross —probablemente el abogado más inteligente del mundo— estoy seguro es algo que fácilmente pudiera responder.

¿Quién es Ross?

Ross es un “asistente legal” creado por IBM bajo protocolos de inteligencia artificial, utilizado ya por diversas firmas importantes de Estados Unidos, el cual tiene la capacidad de formular hipótesis que respondan a una pregunta concreta y documentarlas analizando todo el orden jurídico, las jurisprudencias o sentencias existentes sobre un tema en concreto en segundos, esto es, responder a una pregunta con una respuesta estructurada que “él” considera más acertada según los datos y textos legales consultados. Imposible por un ser humano en cuanto a tiempo y resultado.

No creo que la mayoría de las funciones de los abogados pueda suplirse de forma sencilla por algoritmos de inteligencia artificial que solamente procesan información y dan respuestas estructuradas a preguntas concretas de acuerdo con las bases de datos que los alimentan, lo que sí me preocupa es el desarrollo de los sistemas computacionales de argumentación, interpretación y razonamiento. Este tipo de sistemas ya es una realidad en EU y algunos países de Europa; pareciera que la inteligencia artificial ha encontrado ese “diferenciador” con los abogados y ya está trabajando en ello. Que no nos extrañe en un futuro ver a Ross argumentando y/o razonando sus respuestas ante un tribunal de la misa —o mejor— forma que un abogado de carne y hueso.

Pero, ¿cómo debemos entonces prepararnos para enfrentar esta oleada tecnológica?, ¿qué habilidades debemos formar los abogados del presente en aras de un futuro no muy lejano?

Lo primero que debemos hacer como abogados es asumir la realidad. Hay un panorama amplio de nuevas funciones legales en las que los futuros abogados se pudieran especializar, por ejemplo: tecnólogo legal, analista de procesos legales, científico de datos legales —para mí el más importante— y/o el gestor de riesgos legales.

El reto está en crear una nueva hermenéutica legal, básicamente, un marco para que los abogados aborden la arquitectura de las leyes y los sistemas computacionales de forma inteligente; comprender las limitaciones e implicaciones legales de las mismas y ser capaces de hacer las preguntas correctas para evaluar las tecnologías que cada vez más se ponen a trabajar para evaluarnos a nosotros mismos. Esto es, que nosotros los abogados nos convirtamos en especialistas en “datos”; que podamos ser científicos de datos y entendamos el idioma de la inteligencia artificial y la tecnología, pues uno de los aspectos fundamentales para el éxito en la aplicación de estas tecnologías en nuestra profesión está en el vínculo del abogado con la informática jurídica.