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¿Somos capaces de evaluar la calidad de nuestras decisiones pasadas?

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Raúl Martínez Solares | Economía conductual

Raúl Martínez Solares

“Si iniciamos una disputa entre el pasado y el presente, descubriremos que hemos perdido el futuro”. Winston Churchill.

Una práctica frecuente al tomar decisiones es recordar otras que tomamos en el pasado y usarlas como referencia para las nuevas que enfrentamos. Lo hacemos incluso en ocasiones en que, por tratarse de fenómenos o situaciones nuevas, lo que hicimos en el pasado tiene poco que ver con la condición que hoy enfrentamos, pero ese sesgo heurístico nos lleva a forzar el recuerdo para intentar incorporar un elemento familiar a la nueva decisión.

Además de esta potencial discordancia entre la situación del pasado y la del presente, existe otro elemento que dificulta el uso de nuestras decisiones pasadas: nuestra frecuente incapacidad para recordar y juzgar adecuadamente la calidad y los resultados de dichas decisiones.

Podemos pensar que recordar nuestras decisiones del pasado es un ejercicio neutro, casi mecánico, pero diversas investigaciones señalan que la memoria también participa activamente en la forma en que protegemos nuestra autoimagen. En el estudio experimental “Remembering past present biases”S de Bakó, et al, se encontró que, cuando las personas enfrentan decisiones entre recompensas inmediatas y recompensas de más largo plazo, no solo tienden a elegir lo inmediato, sino que además en el futuro, cuando recuerdan esas decisiones, piensan que la calidad de su decisión fue mejor (más paciente y objetiva) de lo que en realidad fue. La memoria, en ese sentido, nos ofrece un mejor recuerdo de nuestra capacidad pasada.

En el experimento realizado entre estudiantes universitarios se ofreció la alternativa entre recompensas monetarias pequeñas y cercanas en el tiempo o mayores, pero a más largo plazo.

En una ocasión posterior, ante una decisión similar, se les pidió que recordaran qué habían decidido y se encontró que quienes más exhibieron un sesgo del presente (es decir, que requerían mucha más recompensa para esperar, cuando tenían la alternativa de una recompensa inmediata) recordaban con menor precisión sus decisiones pasadas. Incluso tienden a recordar que eligieron esperar más de lo que realmente esperaron, como si en su decisión anterior hubieran sido pacientes y objetivos.

Este patrón no aparece cuando la decisión pasada no incluía una recompensa inmediata ni entre personas con poco o nulo sesgo de presente. Esa distorsión de la memoria es selectiva porque no se trata solo de “mala memoria”, sino de un error que se deriva de recordar el pasado de una manera que encaje mejor con la imagen que nos gustaría tener de nosotros mismos. Los autores describen este fenómeno como una forma de “mal recuerdo motivado”.

Las implicaciones del estudio para el análisis de la conducta económica son profundas. Si las personas con sesgo del presente no solo toman decisiones impulsivas, sino que además olvidan o reinterpretan sus decisiones pasadas, entonces su capacidad para aprender de la experiencia disminuye. La memoria deja de ser un mecanismo de corrección y se convierte en un reforzador del sesgo. Esto ayuda a explicar por qué muchos comportamientos subóptimos persisten en el tiempo, aun cuando las consecuencias negativas son conocidas.

Si pensamos en conductas económicas cotidianas, como, por ejemplo, el endeudamiento de corto plazo con tarjetas de crédito no es difícil imaginar que en muchos hogares quienes tomaron las decisiones de nuevo endeudamiento recuerdan sus decisiones financieras pasadas como más prudentes y mejores de lo que realmente fueron. Ello dificulta cambios de conducta futuros, incluso en entornos más complejos, como tasas de interés elevadas o la reducción de los ingresos del hogar (por ejemplo, en periodos de bajo crecimiento o de franca contracción económica).

Algo similar se presenta en el ámbito de lo político. En periodos electorales, las recompensas inmediatas, como transferencias o subsidios, tienen un peso mucho mayor. En el futuro, los votantes pueden recordar su apoyo a estas políticas como si hubiera estado guiado por factores de largo plazo, cuando en realidad respondían a incentivos inmediatos.

El estudio sugiere, como mecanismo para reducir este fenómeno, el establecimiento de mecanismos de retroalimentación en los que llevemos una especie de registros de decisiones relevantes (económicas, políticas o de cualquier índole) para recordar cabalmente en el futuro qué factores impulsaron la decisión.

La forma en que recordamos nuestras decisiones pasadas determina nuestra disposición y capacidad para corregirlas. En entornos económicos y políticos marcados por la inmediatez, entender cómo el recuerdo se distorsiona puede ser tan importante como identificar los sesgos que, en el pasado, nos llevaron a tomar decisiones que afectaron negativamente nuestra calidad de vida.

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Raúl Martínez Solares

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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