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Ejecutar en tiempos de incertidumbre

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“Ideas sin acciones son alucinaciones”. La frase, atribuida a Thomas Edison, encierra una realidad que la experiencia directiva confirma una y otra vez: en la práctica, el problema suele estar en la ejecución.

En momentos de incertidumbre, como la actual coyuntura nacional y mundial, la tentación es revisar la estrategia, redibujar planes, replantear escenarios. Todo eso es necesario, pero hay un dato que conviene recordar: según Ram Charan y Geoff Colvin, cerca del 70% de los fracasos de los directores generales se explican, en gran medida, por deficiencias de ejecución.

Mas que un tema operativo, la ejecución es una disciplina directiva. Exige método, realismo y una arquitectura organizacional que conecte tres procesos que con frecuencia se gestionan por separado: estrategia, operaciones y personas. Cuando estos tres ámbitos no están alineados, la organización se fragmenta. La estrategia se vuelve discurso, las operaciones rutina y las personas espectadoras.

En entornos inciertos, esta desconexión se agrava. La volatilidad externa amplifica cualquier incoherencia interna. Por eso, más que añadir iniciativas, el reto es sostener foco. Elegir con claridad qué sí se hará —y, sobre todo, qué no— resulta más valioso que multiplicar proyectos. En pocas palabras: la clave de la disciplina estratégica está en renunciar a lo que nos distrae de lo esencial.

En las aulas del IPADE, la discusión de casos reales entre empresarios ayuda a identificar dónde se debilita la ejecución y qué ajustes organizacionales fortalecen la implementación de los planes.

La medición es uno de los mecanismos más eficaces para movilizar la acción. Lo que no se mide tiende a no hacerse; medir mal, en cambio, genera cinismo o simulación. Un sistema de indicadores debe ser entendible, preciso, imparcial, congruente y oportuno. Medir establece prioridades visibles y orienta comportamientos.

Otro elemento central es la rendición de cuentas. Accountability da claridad sobre quién responde, por qué y con qué consecuencias. Sin realismo no hay dirección, y sin rendición de cuentas no hay ejecución. La responsabilidad explícita reduce ambigüedades y transforma la intención en compromiso.

En este sentido, la ejecución es también un ejercicio de temple. La incertidumbre no se elimina; se gobierna. La dirección exige firmeza en lo esencial y flexibilidad en lo accesorio. Como en el proceso de templar el acero, la organización se fortalece cuando aprende a soportar tensiones sin perder su forma.

Dirigir, en última instancia, es lograr que las cosas sucedan. Eso implica algo más que inspiración: coherencia entre lo que se declara estratégico, lo que se financia en el presupuesto, lo que se revisa en las reuniones y aquello por lo que alguien responde con nombre y apellido.

Dirigir es lograr que las cosas sucedan.

En entornos inciertos, la diferencia no la marca quien diseña mejor el plan, sino quien lo ejecuta con disciplina.

Por: Antonio Casanueva, profesor del IPADE y director de educación ejecutiva

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