La irrupción de los emprendimientos digitales en el sector legal se apresta a trasformar radicalmente el negocio de los servicios jurídicos en todo el mundo, lo que reacomodará a los jugadores de este mercado y exige capacidad de adaptación, anticipa Javier de Cendra, decano de la Escuela de Derecho del Instituto de Empresa Business School (IE Business School), con sede en Madrid, España.

En los próximos años, prevé, se observarán “muchísimas” fusiones entre despachos, sobre todo pequeños y medianos, mientras que otros sin la agilidad para reaccionar cerrarán ante la nueva dinámica del sector, que estará caracterizada por un uso intensivo de la analítica de grandes datos (big data) y, eventualmente, de las herramientas de inteligencia artificial.

“Esas fusiones tendrán que ser transnacionales y tendrán que suceder, sin duda, porque no hay otro modo de generar el músculo financiero para digitalizar las operaciones y ser competitivos a una escala global”, dijo a El Economista en su despacho en Madrid, desde donde también despacha como presidente de la Law Schools Global League, una agrupación mundial de escuelas de derecho que promueve los emprendimientos tecnológicos en el área legal a través de diferentes iniciativas.

El uso de big data y la inteligencia artificial es una realidad en el ámbito legal y una utilidad palmaria se ha observado al ejecutar labores del despacho típicamente “artesanales”, como las actividades de due diligence.

Estos servicios son contratados por las empresas para valorar transacciones de fusión o adquisición y por ellos se suelen pagar altos honorarios, debido al significativo cúmulo de horas-hombre empleado para el análisis de grandes volúmenes de datos y documentos.

“Los despachos tradicionalmente cobraban a sus clientes con fees (honorarios) por hora. ¿Qué hacían en el fondo?, cobrar fees muy altos por un trabajo muy mecánico hecho por personas”, explica De Cendra.

La disrupción viene cuando, gracias a nuevas herramientas tecnológicas, el análisis de datos se vuelve inmediato. “JP Morgan ha anunciado hace menos de dos meses que con una solución de inteligencia artificial es capaz de resolver en un segundo y a un coste infinitamente inferior lo que llevaba hacer 360,000 horas de trabajo de abogados a lo largo del año”, citó el experto.

Pero, ¿cómo ha colonizado la tecnología un ámbito especializado como el de los servicios legales? Javier de Cendra explica la labor crucial de las universidades, como lo muestra la iniciativa de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, de crear un centro especializado en el desarrollo de aplicaciones informáticas en el ámbito legal, el Standord Center for Legal Informatics, conocido como CodeX.

“Esa visión es la visión de Silicon Valley. Lo que hace CodeX es crear un programa de investigación en el que hay juristas, ingenieros de software y juristas que son ingenieros de software, que es la situación óptima”, ejemplifica.

Más adelante enumera a empresas como Lex Machina, Ravel Law o Lexpredict, que son emprendimientos maduros que provienen del vivero tecnológico universitario.

Pero si en la universidad surgen —por lo general— estos esfuerzos que germinan para convertirse en nuevos operadores del ramo legal, los grandes despachos se han convertido en los early adopters de sus innovaciones como una vía ineludible para agregar valor a sus servicios y mantenerse competitivos. Para ello, los bufetes de gran calado se han acercado a la academia y en muchos casos patrocinan iniciativas conjuntas para incubar nuevos emprendimientos cuyos productos hagan más eficientes sus procesos.

“Cuando (el despacho) ve que las tecnologías están más o menos maduras empieza a experimentar con ellas dentro del despacho y empieza a entrenar al algoritmo, a surtirlo de datos y a incorporarlo en sus tareas diarias en temas de due diligence, analítica predictiva o aspectos en los que el riesgo es bajo y la posibilidad de ganar en eficiencia es elevada”, explica De Cendra.

Por cuanto toca a los despachos pequeños y medianos, el desafío de esta nueva era es doble: financiero, por un lado, y cultural, por otro. “Aunque uno quiera introducir una solución de inteligencia artificial no basta con llamar a un proveedor, hace falta entender la tecnología a fondo, entender lo que puede y no puede hacer. Hace falta entrenar al algoritmo con datos internos, con datos propios”.

Y añade: “hay que tener ingenieros para que trabajen con los abogados para entender y entrenar bien al sistema y evitar problemas posteriores. Eso para despachos medianos y pequeños muchas veces no es factible”.

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