Sin lugar a dudas, el 2012 fue un año complicado, lleno de eventos que causaron incertidumbre y volatilidad en los mercados financieros. En el centro de la tensión, siempre estuvo Europa; de manera insistente, supimos de los problemas que no acaba de solucionar Grecia, así como de los profundos desequilibrios fiscales y de endeudamiento de España e Italia.

Al final del día, todos los problemas de los países avanzados se han manifestado en tres fenómenos que, de manera conjunta, representan un combo de alta peligrosidad: recesión económica o estancamiento en el mejor de los casos, creciente desempleo y descontento social ante lo riguroso de las medidas de choque que se han tenido que instrumentar para hacer frente a la crisis.

A este entorno se sumó, hacia finales de año, la creciente posibilidad de que efectivamente la economía estadounidense cayera en el famoso precipicio fiscal, que no es otra cosa que la necesidad imperiosa de corregir las cuentas públicas con el fin de que el déficit fiscal disminuya.

El problema es que la teoría económica tiene una formula muy sencilla, pero contundente, para equilibrar la cuentas del sector público. Si se quiere mantener el equilibrio fiscal se necesita: 1) disminuir el gasto, 2) aumentar los ingresos -lo que básicamente supone aumentar impuestos- o 3) una combinación de ambas medidas.

En el caso de la economía de Estados Unidos, el primero de enero de este 2013 entraban en vigor una serie de medidas que recortaban beneficios fiscales y desaparecían varios renglones importantes del gasto.

En el marco de una endeble recuperación económica, la entrada en vigor de dichas medidas hubiera significado una caída brutal de la actividad productiva en Estados Unidos y una afectación muy importante para la economía global.

Afortunadamente, los legisladores de ese país pudieron llegar a un acuerdo para evitar que se cayera en el precipicio fiscal, disipando de esta forma la incertidumbre que permeaba en los mercados financieros internacionales.

Pero la pregunta relevante es si se superó realmente la fragilidad fiscal o sólo se pospuso la toma de decisiones amargas. La respuesta es que en realidad se avanzó muy poco en la verdadera solución del problema; más temprano que tarde se tendrá que tomar al toro por los cuernos y buscar una solución de largo plazo.

Por lo pronto, la alegría de los mercados irá desapareciendo en los siguientes días y semanas, cuando se cobre conciencia de que el problema fiscal en Estados Unidos continúa y de que los acuerdos alcanzados tienen un carácter estrictamente temporal.

En este sentido, hay que tener presente que el arreglo de las cámaras en Estados Unidos estableció un plazo de dos meses, que vence el 1 de marzo, para que se negocien la magnitud y renglones en los que se aplicarán los recortes al gasto, así como la elevación del techo de endeudamiento del gobierno estadounidense.

De esta forma, la incertidumbre que se vivió en diciembre se podría replicar en febrero, cuando los republicanos nuevamente traten de presionar al presidente Obama.

Un punto que no hay que perder de vista es que los republicanos llevaron las negociaciones al límite del tiempo, ya que el acuerdo se alcanzó el 31 de diciembre y se ratificó en el Senado hasta el 1 de enero, en un claro reflejo de que se buscaba sacar raja política de esta negociación sin importar las consecuencias.

La conclusión de todo esto es que tenemos que ser muy cautos en materia de inversiones.

La incertidumbre volverá, eso sí es claro, y tendrá repercusiones sobre los mercados financieros. Adicionalmente, habrá que ir evaluando el impacto de las medidas que se adopten en Estados Unidos sobre la economía mundial que, evidentemente, se magnifican para nuestro país por la estrecha correlación comercial.?

*Manuel Guzmán M. es director ejecutivo de Administración de Portafolios y Análisis y Estrategia Económica de Grupo Financiero Ve Por Más.