Comer es una de las necesidades más básicas de los seres humanos y es una actividad tan fundamental y cotidiana que a veces pasa desapercibida. Sin darnos cuenta, el dinero que tenemos, el tiempo, el trabajo, nuestros sentidos, los recuerdos que guardamos, nuestro estado de ánimo y hasta las tendencias de la moda se intersectan para que todos los días tomes tu café a las 8:00 horas o que los viernes cenes tacos en el puesto de preferencia o que festejes tu cumpleaños con amigos en el mejor restaurante de la ciudad.

La realidad es que no hay una sola razón para comer lo que comemos, hay muchas. De entre todo lo malo que trajo la Covid-19, la única cosa buena fue la oportunidad de ver con mayor claridad cómo lo que hacemos afecta de manera directa nuestra alimentación y viceversa. Pero también evidenció el hecho de que gran parte de esas acciones no están precisamente en nuestras manos.

Especialmente en países como México en donde las brechas de desigualdad son tan amplias y persistentes.

Comemos lo que podemos pagar

La capacidad adquisitiva es uno de los factores con mayor incidencia en las decisiones y hábitos alimentarios de las personas: comemos lo que podemos pagar. Por eso, la crisis económica inédita que representó la pandemia nos puso cara a cara con las problemáticas sociales, que son también de salud.

En México, por ejemplo, en 2020 3.8 millones de personas se sumaron a las filas de la pobreza, gran parte del aumento se produjo con el movimiento de pobres moderados (gente con muchas carencias pero que al menos tiene la posibilidad de comer) que pasaron a pobres extremos (gente que no puede comprar ni siquiera la canasta de alimentos básica).

Sin embargo, la inseguridad alimentaria no incrementó tanto como se esperaba con las condiciones de una recesión económica de ese tamaño. ¿Cómo pasó esto?

El acto de comer pasa desapercibido, pero es visible cuando enfrentamos el riesgo; la razón fundamental por que la que el hambre no creció de manera desorbitante fue porque los hogares notificaron la crisis e hicieron readaptaciones a su gasto a fin de seguir cubriendo esa necesidad básica, la comida.

“Durante la pandemia se presentó la persistencia de las desigualdades que ya existían y cómo éstas moldearon las trayectorias alimentarias de los hogares, y lo que se observa es que a nivel nacional, los hogares desarrollaron una serie de estrategias para amortiguar el impacto de lo que la pandemia había implicado en términos de pérdida de empleo e ingreso y las medidas de confinamiento, etc. Los hogares tuvieron que hacer reajustes y reacomodos para resguardar la posibilidad de comer”, dijo Paloma Villagómez Ornelas, profesora visitante del CIDE y socióloga especialista en precariedades alimentarias.

En entrevista con El Economista resaltó cómo de acuerdo con los estratos socioeconómicos y los lugares de residencia, la decisión de qué y cómo comer es distinta.

La pandemia lo dejó muy claro, los hogares mejor acomodados no necesitaron modificar sus hábitos y si lo hicieron fue para mejorarlos: acceder a mejores alimentos, con mayor aporte nutricional, cocinar, escoger alimentos más orgánicos e incluso incluir complementos a la alimentación como la actividad física. En las clases medias sí se identificó un cambio en el consumo: principalmente dejar de consumir alimentos “de élite” o cambiar marcas por algunas más baratas. Mientras que en los estratos de mayor pobreza el riesgo fue mucho mayor: dejar de consumir por completo alimentos básicos o saltarse comidas durante el día.

Comemos porque nos permite relacionarnos con otros

Comer es una necesidad básica de los seres humanos para estar vivos, pero con el tiempo se ha convertido en una actividad que cumple también otros objetivos que no están relacionados con el funcionamiento del organismo sino con el funcionamiento de los individuos en sociedad: comemos porque nos permite convivir, platicar o integrarnos.

“La alimentación cumple funciones también sociales, y la pandemia las evidenció porque surgió la prohibición de estas funciones. Por ejemplo, en el trabajo, a lo mejor las personas siempre estaban ocupadas, pero encontraron en sus horarios de comida un espacio para relacionarse. Ese momento de comer con alguien te vincula y te conecta con los demás; y lo social tiene que ver con la colectividad. Y sin darnos cuenta la alimentación también está definida por estas esferas”, comentó Liliana Martínez Lomelí, investigadora de sociología de la alimentación y presidenta de Funalid.

Los confinamientos y restricciones que implicó la Covid-19 también nos hicieron ver con mayor claridad que lo que extrañábamos de los restaurantes no era sólo la comida, sino la posibilidad de sentarnos y compartir la mesa con otras personas, de cerrar un trato, de reencontrarse con alguien o de poder tomar algo en soledad, agregó la especialista.

Comemos para sentirnos más felices o menos tristes

La alimentación individual, familiar y hasta colectiva se ve influenciada por nuestros estados de ánimo, por la situación del tipo que sea que pueda estar afectando para bien o mal nuestra estabilidad mental y emocional.

Martínez Lomelí resaltó que desde antes de la pandemia, de hecho, ya se predecía que la salud mental sería uno de los principales problemas del siglo XXI y la pandemia destapó todas estas problemáticas. Las crisis económicas regularmente vienen acompañadas de la colectivización de enfermedades mentales como la depresión y ansiedad que tienen una relación directa con los alimentos.

“Descubrimos que hay ciertas comidas que afectan tu estado de ánimo otras que te pueden ayudar a mejorarlo. Pero estar en casa nos ayudo a ver cómo la alimentación está tan relacionada con la salud mental. Hay quienes comen por ansiedad o quienes dejan de comer por ello. Y no es sólo a escala individual, sino a escala sociedad”, acotó la también fundadora de Funalid.

¿Por qué importa saberlo?

La pandemia fue un caldo de cultivo que reveló cosas que ya sabíamos que estaban ocurriendo. Además de las desigualdades, quedó evidente cómo la alimentación es una de las principales actividades a modificar cuando las personas estamos en un riesgo de cualquier tipo, riesgo de salud, riesgo económico, riesgo emocional o riesgo temporal.

Lo más curioso de todo es cómo dependiendo las características sociales, económicas, demográficas y culturales las personas cambian su alimentación de manera distinta. Los más pobres dan más peso a la esfera económica y los más ricos no se preocupan por eso, así que las esferas de tiempo o emociones pueden afectar más.

Conocer las razones por las que comemos lo que comemos no sólo nos ayuda a tomar mejores decisiones individuales, sino que nos ayuda a visibilizar cómo la alimentación es un fenómeno también colectivo y solucionar las desigualdades también nos acerca a avanzar en la erradicación de la inseguridad alimentaria.

ana.garcia@eleconomista.mx