Navegar día y noche en soledad resulta, en ocasiones, una dura prueba incluso para los más valientes. De pronto, lloro. Siento miedo, pero asumo que así será porque esta travesía es larga y tengo que resistir .

Ésas son las palabras que, desde alta mar dice a El Economista Galia Moss, velerista mexicana que, a sus 38 años, asegura vivir una de las experiencias más motivadoras y, al mismo tiempo, difíciles de su vida, al intentar rodear en solitario el continente americano.

Estos días me he encontrado con muchas tormentas, mares más difíciles. Justo donde estoy es una zona muy importante, náuticamente hablando, porque tienes que saber cómo llevar el velero para no romperlo, de repente hay 3 km por hora de viento y de repente sube a 35 o 45 km por hora.

Pero pienso que ya llevo 3,600 millas y que ya son casi 720 niños apadrinados para que tengan una educación y eso me emociona y motiva , describe desde la Zona de Convergencia Intertropical, como se llama oficialmente el lugar cerca de Ecuador donde navega.

Es difícil -confiesa-. Porque en las noches el gélido aire de alta mar y las amenazantes nubes que presagian tormentas son lo único que le acompañan. A veces, lloro -repite-. Pienso que estoy muy loca por estar aquí, pero hay tantas cosas que vive uno aquí que prefiero concentrarme y no pensar en eso .

Se enfoca en esa rutina que se ha obligado a seguir cada día: Despierto a las 5:30 de la mañana, desayuno y salgo a ver las condiciones meteorológicas, checo todo el velero y, si está bien afuera y no está muy rudo, me voy al timón. Si está muy fuerte el viento, no salgo .

Y es que el cuerpo ha comenzado a reclamar a la diminuta Galia, quien, con sus apenas 1.50 metros de estatura, ha obligado a sus brazos a subir y bajar las velas en muchas ocasiones durante este viaje: Mis hombros están muy lastimados, por eso trato de usarlos de manera prudente. Cada 20 minutos suena mi reloj, entonces, reviso que no haya otra embarcación, que todo esté bien. A mediodía, como otra vez.

Leo. Leo de todo, nada en especial. He leído mucho en esta travesía. Luego, a las 6:30, atardece. Me doy un baño y ceno al atardecer. Por las noches, duermo, pero, cada 20 minutos, despierto para revisar que todo esté bien y así... Hasta que vuelve a amanecer .

Pero vale la pena -asegura-. Porque, además de los niños que recibirán educación por las millas recorridas, también Galia considera una buena oportunidad la suya para promocionar México para llevar una parte de mí país a otros .

Mientras sigue navegando piensa en eso. Y en Brasil, que es su próximo objetivo en el recorrido que parece me ha dejado muchas enseñanzas. Y también muchos miedos, pero sé que pronto, todos ésos habré de superarlos , concluye.